Recuperar la importancia de las bibliotecas universitarias

Dice recientemene, con mucha razón, la doctora Rosío Córdova Plaza (UV), que la Universidad ha carecido de la “inteligencia y la sensibilidad” para dar solución a los graves problemas por los que atraviesa el estado.

Un llamado de atención de esa naturaleza y que -con esas y otras palabras- se ha expresado ya anteriormente, por diversos integrantes de la comunidad universitaria, debería concitar un extenso y minucioso diálogo, al interior de la casa de estudios, para vislumbrar las “causa-raíz” de dicha condición que podría describirse como de afasia institucional, de parálisis universitaria, de aislamiento social, de esclerosis intelectual.

Sin duda, se discuten las realidades universitarias en salones, laboratorios, salas de conferencias y cafeterías, en todos los campus universitarios. Sin embargo, estas deliberaciones espontáneas, asistemáticas, que no dejan registro, por breves y limitadas a grupos relativamente pequeños de universitarios, son insuficientes.

Las redes sociales como Facebook, como Twitter y también plataformas de blogs como WordPress, representan espacios oportunos que facilitarían un cruce de ideas críticas, propositivas y analíticas, que podrían permitir abordar e intentar resolver la problemática antes mencionada.

Es relativamente sencillo proponer que una vertiente de dicho diálogo, para la identificación de las causas-raíz, tiene que ver con la idea, que hay en la propia universidad, y la idea que prevalece en las mentes de los ciudadanos en general, sobre las bibliotecas y particularmente sobre las bibliotecas universitarias.

A pesar de que la tendencia actual acusa una reducción en la adquisición de recursos bibliográficos, durante buena parte de las últimas décadas, el sistema bibliotecario universitario ha crecido y se ha consolidado, en torno a un proyecto de modernización y equipamiento, que dio lugar a las USBI.

“USBI” (por “Unidad de servicios bibliotecarios y de información”) son unas siglas que han sido objeto de interpretaciones erráticas. Algunos las interpretan como Unidad de Servicios Bibliotecarios e Informáticos. Otros como Unidad de Servicios Bibliotecarios e Informativos, etc. Pero no nos detendremos más en ello, pues es otro asunto.

Las USBI son las principales bibliotecas universitarias, y en conjunto, tal vez constituyen el sistema bibliotecario más importante del sureste del país.

Cuando miramos a las bibliotecas universitarias, vemos una radiografía de nuestra casa de estudios.

Los universitarios estamos obligados por miles de razones para leer en papel y en pantalla (eso, nos parece, no debería estar a discusión).

Sin teoría no puede haber práctica científica o humanística que se sostenga. Las bibliotecas son los grandes puntales de las teorías universales.

Sin embargo, día a día, el número de usuarios de las USBI se mantiene muy por debajo de su capacidad de lugares de lectura, de equipos de cómputo, etc.

Cabe aventurar la hipótesis de que a diferencia de un cine, a diferencia de un concierto, a diferencia de un encuentro deportivo, las bibliotecas USBI, desde su fundación, jamás han tenido “un lleno”.

Circulando por los pasillos solitarios de la biblioteca, cabe pensar en la metáfora de el doctor Jesús Lau: “Si la universidad fuera una panadería, la harina está en las bibliotecas”. Constituimos con nuestro proceder o nuestra indiferencia una universidad que produce “muy poco pan”.

Miremos dentro de las bibliotecas una versión miniaturizada de la institución misma. Reina el silencio. En la biblioteca es genuino respetar la lectura de todos y la lectura concentrada requiere silencio (relativo). Sin embargo, por ello se pierden cientos de oportunidades de encuentro.

Los modelos educativos aislacionistas imponen una interacción minimizada entre los universitarios vivientes. La interacción entre universitarios parece refugiarse en las fiestas. La vida académica se ha reducido a pasar muchísimo tiempo ante pantallas.

Esta individualización competitiva imperante, se percibe en el uso de la tecnología de información: cada individuo está en su pantalla y poco se sabe qué piensa, qué siente o qué opina sobre cualquier asunto.

Hemos llegado a una especie paradójica de mutismo tecnológico. Somos al parecer voraces consumidores de información y de aplicaciones, de videojuegos, de contenidos audiovisuales -audio y video-, pero no estamos produciendo las secuencias de símbolos (escritura) que puedan permitirnos interpenetrarnos como personas, confluir como una sociedad que comparte problemáticas, que parece desvalida ante la inseguridad, que parece paralizada ante el socavón económico en que se han mantenido el país por ¿cuarenta años?

Señalamos tres paradojas:

I. Faltan estudios reflexivos sobre la producción de tesis de la propia casa de estudios. Las tesis de licenciatura están ahí, muchas, acumulando polvo desde que fueron producidas. ¿Cómo vamos a reconocer la verdadera fortaleza de nuestra casa de estudios, creatividad y originalidad de los jóvenes estudiantes,  si solamente estamos atentos a los artículos publicados en revistas de alto impacto?

II. Ante el creciente número de periodistas asesinados en el país y en el eatado, se reduce de facto el número de aspirantes a estudiar ciencias de la comunicación. Si acaso llegara a haber algún día una forma de frenar los ataques a la libertad de expresión, sería gracias -tal vez- a un incremento explosivo en el número de profesionales éticos de la comunicación formados por la Universidad.

III. En la zona de Poza Rica, zona históricamente petrolífera, desaparece el interés por los estudios de ingeniería petrolera. La “reforma energética”, en lugar de alentar un mayor interés por aprovechar todas las oportunidades para buscar, perforar, extraer y transformar el petróleo en el subsuelo mexicano, parece haber obrado en el sentido opuesto.

Retomando las ideas de la doctora Córdova. La salvaje oleada de desapariciones que ha sumergido en un infierno a todo el estado, podría haberse contenido si la Universidad desarrollara estudios sobre la autodefensa social, o simplemente para la defensa social, y difundiera procedimientos de auto-organización, para que las comunidades establezcan mecanismos que les permitan detectar, inhibir y contener los embates de la delincuencia.

De ahí sólo hay un paso para crear un banco de secuencias de ADN de víctimas y familiares, como bien propone la doctora, para contribuir a la identificación de los restos humanos localizados en fosas comunes, que deben de sumar miles, sería una forma de activar y de hacer honor al financiamiento público que la universidad recibe.

¿Por qué la Universidad Veracruzana no ha desarrollado esos cuerpos de inteligencia, creatividad, innovación y sensibilidad social para atender los problemas sociales?

Tal vez porque al interior la misión de la Universidad, documentada en infinidad de papeles, no ha sido abrazada como la razón de ser de los universitarios. Porque los valores, plasmados en el papel, son diferentes a los “valores” -da la impresión de que mayormente pecuniarios- que tienen la voz cantante a la hora de tomar las decisiones clave para las actividades y funciones universitarias.

Y ahí es donde se engarza el tema de las bibliotecas.

Las bibliotecas necesitan presupuesto para actualizar su acervo.

Los académicos necesitan las bibliotecas que tienen la harina para hacer el pan de cuerpos profesionales.

Los planificadores de la educación superior deben reconocer que la crisis de las profesiones actuales se recrudece por el vaciamiento ético que acompañan a las certificaciones y el desarrollo -pero únicamente eso- de competencias. Sin conciencia social, no puede haber responsabilidad social.

Los bibliotecarios necesitamos decir ésto y muchas cosas más que sabemos que ocurren en el mundo de la información: tenemos que impulsar con más decisión la ciencia abierta y el acceso abierto a la información y el conocimiento.

 

 

 

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