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De zonas muertas

De Transtömer a Dylan

He dejado trascurrir varios días desde la última vez que escribí. Lo hice para cavilar. Cavilé un poco, no puedo cavilar indefinidamente. Escribir, me parece, es pasar también a la acción. Una acción que puede propagarse, extenderse, difundirse a través de la semiósfera, e impactar en algún lugar desconocido y distante, incluso más allá de este mundo, en la conciencia de “alguien”.

Tan sorpresiva la designación de Dylan, como premio Nobel de literatura, me hace pensar en un poeta anteriormente galardonado, Transtömer, uno de cuyos poemas transcribo a continuación:

De marzo del 79’

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.”

Fuente: El cielo a medio hacer. (2010, Nórdica Libros, Traducción de Roberto Mascaró).

Palabras y lenguaje es lo que Dylan nos ha legado y basta leer fragmentos de algunas de sus canciones, como este de Mr. Tambourine Man, huellas que se hunden fácilmente en nuestras almas.

“Luego házme desaparecer
a través de los anillos de humo de mi mente
Bajo las nebulosas ruinas del tiempo,
más allá de las hojas congeladas,
de los embrujados y asustados árboles,
fuera, hasta la ventosa playa.
Lejos del retorcido alcance de la loca tristeza,
Sí, para bailar debajo del cielo de diamante
agitando una mano, libremente.
Perfilado por el mar,
rodeado por las arenas del circo
Con toda la memoria y el destino,
enterrados debajo de las olas.
Déjame olvidarme de hoy hasta mañana”.

O éste de Tocando a las puertas del cielo.

“Mamá, pon mis armas en el suelo.
Ya no puedo dispararlas.
Esa fría nube negra, está bajando.
Siento como si estuviese tocando la puerta del cielo”.

La hiperbanalizacion del yo

En nuestra era el “yo” ha dejado de ser el centro cósmico, ya algo ni siquiera respetable. La medida de todas las cosas se ha vuelto el dinero. El amor-pasión ha sido postergado, con sus ricas metáforas envolventes, que nos hacen saltar hacia espacios metafísicos, y en cambio los egos se desnudan obscenamente, en medio de alguna red social, de pie sobre una pila de billetes.

Tenemos algunos casos muy cercanos, hasta vergozosos, de ex-secretarios, ex-gobernadores, ex-presidentes, y aún el de algunos vigentes.

La danza de los billetes verdes es la cortina detrás de la cual se oculta la guerra, el ecocidio y el fracaso de nuestra especie. Tras esa danza, el imperio nos seduce y nos deslumbra con sus portentos tecnológicos, su banda ancha y sus gigapixeles, realidades “virtuales” que se multiplican a velocidades alucinantes, llenando espacios de almacenamiento que se expanden, como las nubes de Amazon o Windows Azure, hasta prácticamente el infinito.

Aquí, viene a la mente una paráfrasis de la idea de T. S. Elliot:

¿Dónde está el conocimiento que perdimos entre tanta información?
¿Dónde, la sabiduría que perdimos entre tanto conocimiento?

Fetiche selfie

En esta distorsión del self a conveniencia del mercado, la mejor selfie siempre es la última. Al parecer no hay marcha atrás y “lo que se ve no se juzga”, o al contrario, lo que se ve sólo sirve como evidencia para ser juzgado, comprado, adquirido u olvidado, rechazado, ridiculizado.

En el marketing de la personalidad, ya no come más pinole el que traga más saliva, sino el que tiene más seguidores y likes por todos lados.

Los “líderes de opinión” de nuestro tiempo, como advierte Umberto Eco, pueden muy bien ser también imbéciles de los que entronizan o a Trump, o a Clinton, de los que pregonan mantras de cualquier tipo -han dejado de pensar, parece-, aunque el planeta se nos esté desarmando -como la identidad- por todos lados.

“Egoísmo” privatizado

¿Así que todo eso es lo que tú quieres? ¿No será… lo que Otros quieren que Tú “quieras”?

¿De verdad, necesitas tanto? ¿Desde cuándo sientes que no te basta con lo que tienes? ¿Cuántos planetas necesitaríamos para poblarlos de sujetos ávidos de pertenencias pasivas o ávidos de vivencias extremas?

¿Cuántos Atlánticos, cuántos Pacíficos llenaríamos de plástico si nuestro “cielo” es una estampa del mercado?

¿”Compartiremos”… qué ciudades, en 20 años? ¿Habrá espacio para las personas o sólo habrá fosas y autos?

¿Seguimos buscando la máxima ganancia -temporal- aunque al final todos salgamos perdiendo?

(…)

¡Llama a alguien!

Fotografía tomada de: University of Hawaii.

 

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