The Oculus Rift headset is tested by attendees at the Eurogamer Expo at Earls Court in London.

Una distopía postbibliotecaria

Comenzaron apagando los catálogos de libros impresos. Todos esos cientos de terabytes de información serían destinados, de acuerdo a los genios en turno, al almacenamiento de las VRs (virtual realities) de moda: balacera y persecución en el centro de alguna gran ciudad, presidente por un día, héroe de supertazón o campeonato.

Nadie protestó, por cierto. Nadie protestó entonces, ni cuando se cerró la última librería. Las librerías se vaciaron lentamente, de libros primero, luego de compradores. Finalmente, cerraron. Los editores chiquitos desaparecieron, se extinguieron. A nadie le volvieron a importar las palo-seco o las fuentes con serifes. Ya nadie pedía libros con pasta “rústica”.

Las “bibliotecas” en los hogares, eran de videojuegos, básicamente, y alguna que otra serie de televisión (“24” viene a la mente, o “Game of Thrones”), películas de Disney y las infaltables series mitologizantes de Animal Planet.

Para cuando el cálculo tipográfico se volvió una ciencia muerta que a nadie importaba, todas las “necesidades” del público consumidor (entre el 1% y el 3% de la población mundial) eran atendidas predominantemente por las grandes casas publicitarias que vendían todo en línea: Alibaba, Amazon, Apple. Hay que admitir, sin embargo, que algunos millonarios excéntricos, con una pizca de dignidad en su pecho, compraban librerías particulares, libros viejos y alguna vez hasta llegaron a encargar ediciones artesanales de ciertos libros corruptores, o de contenidos venales, como libros sobre brujería y satanismo. Esto era más por pose que realmente por el dominio de alguna arte oscura.

Las masas inmensas, cientos de millones, miles de millones, por su parte, se autoservían ilusiones egoicas en Facebook, Twitter o alguna de las redes sociales continentales de moda. La vida se apaciguó en las calles y las plazas, a medida que la gente recostada en sus sillones, con sus hologafas, estaba conectada a las realidades virtuales compartidas.

En ese trance tecnológico, a millones de bibliotecas por todo el mundo les fue reducido el presupuesto a lo mínimo. Se dejaron de adquirir libros, de desarrollar y gestionar colecciones.

Por eficiencia económica, el bibliotecario tenía que hacer de intendente en muchos casos. En otros casos, considerados exitosos, empresas y universidades establecieron que el intendente bien podía suplir las funciones de bibliotecario.

Así las bibliotecas se fueron llenando de polvo en el silencio y los libros comenzaron a amarillear en el olvido. Todas las bibliotecas se volvieron un riesgo en épocas de calor, por la posibilidad de que alimentaran un incendio desproporcionado. Cuando eso ocurrió y alguna acabó hecha cenizas, en las administraciones universitarias y gubernamentales respiraron con alivio, ya que gracias a la Madre Naturaleza, les habían quitado un de encima, gracia a ella se abrían sin discusiones las puertas a la modernidad tecnológica.

Cuando las últimas bibliotecas desaparecieron, la palabra “biblioteca” y la palabra “museo” adquirieron el mismo status. Solamente algunas ciudades avanzadas conservaron algunos millones de libros, como una evidencia del desarrollo de la humanidad, como un testimonio.

¿Qué no eran acaso los nuevos “derechos humanos”, la tableta y el wifi?

Con eso tenían los niños y jóvenes para ser “buenos reproductores” del orden establecido, para formarse. Que se conformaran. Las aspiraciones a una educación universal para cada ciudadano, eran simplemente una antigualla romántica anti-económica, punto.

No importaba que se vieran adultos a los que les fuera sumamente difícil tomar lápiz y papel y simplemente escribir, lo penoso era cuando gimoteaban como venados indefensos ante la falta de un teclado, una pantalla táctil o un corrector ortográfico. A eso se había reducido la vida social y económica del planeta, a un inacabable, infinito, imparable apretar de símbolos.

En las semanas que siguieron al momento en que los catálogos bibliográficos dejaron de estar disponibles, los usuarios simplemente migraron a las páginas, portales, sites y servicios de la red donde, supuestamente, encontrarían todas las respuestas, o a alguien que las supiera. Debía haber alguien. Siempre había alguien.

Además, toda pregunta que supusiera dedicarle más de dos minutos del tiempo, dejó de hacerse, de formularse. La información debía servirse rápido, de manera ubicua y eficiente. La gente que necesitaba respuestas, necesitaba respuestas rápidas.

Además, cada vez la gente estaba haciendo menos preguntas, y las preguntas que hacía eran del tipo “¿y cuál es el margen de ganancia que ésto deja?”,  “¿gano o pierdo?”,  o “¿todavía me veo bien?” Ya nadie se interesaba por la cultura, la política, la ciencia, la filosofía, salvo algunos -cada vez más raros- cronopios.

Cuando dejaron de funcionar los catálogos de las bibliotecas de todo el mundo, millones de estudiantes y maestros en el mundo encogieron los hombros, no vieron que se perdiera nada, la inmensa mayoría ni se molestaron.

Escucharon por ahí, algo, de algo se enteraron, pero como eso no afectaba en nada su “vida académica”, continuaron deliberando concienzudamente los resultados de los últimos partidos y quién subía y quién bajaba posiciones, en casa de quién era la fiesta del fin de semana, cuáles eran los términos del contrato de académicos de tiempo completo y de la nueva dieta de “investigador”.

Para muchos académicos fue un alivio olvidarse de la producción editorial -¡qué embrollo!- puesto que tenían la “app” de su materia y lo que no tenían en sus smartphones, podían pedir que se descargara de Google Books o de la nube, a sus “alumnos”, sin importar si el documento era “pirata” o estaba incompleto.

De autores, ni hablar. La cultura del crowdsourcing, outsourcing, el opensourcing y todo-lo-demás-sourcing hacía innecesario hablar de ellos. ¿Autores? Fuera de las estrellas de televisión ¿qué era eso? ¿Eran alguna clase de artistas o estrellas deportivas? ¿Autores de goles, digamos? ¿Autores de canciones y ritmos pegajosos…? ¿Autores de recetas?

¡Ah…! ¡Ahora si ya estamos hablando! No había tiempo para nimiedades como el pensamiento de tal o cual individuo fallecido, digamos, hace dos o tres mil años, mucho menos si se trataba de un “filósofo”. Los nuevos pensadores “filosos” son, sin duda alguna, los raperos ¿para qué tanto estudio de filosofía?

Las señoritas universitarias y posgraduadas, por su parte, encontraron que podían ser igualmente hermosas con su maquillaje, cada mañana, a pesar de que no hubiera información sobre libros, sobre revistas académicas, ni ensayos, reseñas, etc. El mundo, con todo y su VR, no había cambiado para ellas. Seguía siendo viciosamente machista y violento, y con libros o sin libros era una aventura emocionante salir a la calle cada día. El caso es que tampoco protestaron y se multiplicaron sus fantasías de desaparecer. Las menos, pensaron en suicidarse, se preguntaron qué ocurriría con la humanidad en pocos años, pero todas estaban amedrentadas y decidieron esperar.

La extinción de las bibliotecas trajo rélax a innumerables funcionarios públicos, que respiraron aliviados. Significó un descanso para ellos que todo fuera cayendo en el olvido: abusos de poder, crímenes de lesa humanidad, robos y desfalcos. Todos y ninguno eran culpables. Se olvidó la literatura, y por lo tanto se olvidó la historia, las ideas de verdad, bondad y justicia se fueron diluyendo en un fondo donde prevalecía por supuesto la tecnología de última moda -la inyectable-, los selfies y las contingencias ambientales. Poco a poco libertades y derechos civiles valieron menos, con tal de que no dejaran a los “ciudadanos” fuera de línea. El acceso universal a Internet se convirtió en la única garantía individual, a través del cual todos eran controlados y observados. Leviatán estaba ganando la guerra centenaria.

Todo se volvió televisado, periscopeado o youtibizado. Los ciudadanos, encerrados en sus inmensos y caóticos ghettos urbanos, se incorporaban como tele-espectadores y productores de contenidos televisivos facistoides, como algunos famosos youtubers, acumulando millones de visitas, y la cacofonía de las redes de contenidos audiovisuales sustituyó a los medios tradicionales, prensa, radio y televisión. Ser exitoso en Youtube o alguno de los otros canales de video, era equivalente a ser exitoso en la vida.

The Oculus Rift headset is tested by attendees at the Eurogamer Expo at Earls Court in London.

Lo que sobrevino después tiene que ver con cosas tan elementales como que no había agua, ni comida, ni un lugar para sentirse seguro, ni tranquilo. Hubo robos absurdos, como el de aquel hombre y su familia al que asesinaron para quitarle un estéreo de su auto. Hubo despidos masivos en las fábricas y empresas, los gobiernos de carácter político desaparecieron, porque dejaron de existir clases sociales, es decir, excepto las dos extremas: prevalecieron únicamente los ricos y los miserables como estamentos sociales universales, aquellos detrás de sus casetas de vigilancia en sus zonas habitacionales arboladas y sin mercadeo de bocinas. Estos, detrás de su ignorancia, pegados a alguna micropantalla de alta resolución, inmersos de nuevo en la VR de “presidente por un día”.

Las opciones se redujeron a muy pocas. Estas eran: vivir en el paro, con la pensión del Estado para conectarte, la ración de galletas de procedencia dudosa y el agua verdosa; vivir en el atasco de millones de vehículos que se volvieron viviendas olorosas a aceite y caucho, con la red wifi del auto ya sin gasolina, o el panel solar chino desechable; esa extraña fila de autos donde se criaban niños nacidos en los asientos traseros, aprendiendo a cazar ratas, en medio de la declinación de la sociedad, entre improperios y bocinazos. Era eso o vivir encerrado, por seguridad, en la suite de lujo de algún hotel de cinco estrellas, pagando en dólares -o euros- comida “de diseñador”, atendido por el room-service, en un bloque de ciudad resguardado por un cordón de granaderos.

En esa distopía planetaria, el día que algún demente dotado de poder, en la tónica del candidato presidencial de la ultraderecha del 2016, en Estados Unidos, sintió el deseo de apretar algunos cuantos botones de disparo nuclear, lo único que podría decirse de ese día, es que era -hacía mucho rato- como cualquier otro.

Carlos Alberto Sánchez Velasco

 

 

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