Dos de cada tres universitarios no conocen -y menos, usan- las bibliotecas

Carlos Alberto Sánchez Velasco

Al menos ese parece ser el caso en la Universidad Veracruzana. Aún lejos del 50% (uno de cada dos estudiantes, objetivo I.12) que se plantea en el programa de trabajo estratégico de la universidad.

El dato tal vez sea semejante al de otras instituciones de educación superior del país y extranjeras. De cualquier manera, y aún si fuera sólo uno de cada tres, es un dato bastante preocupante – hay que decirlo, imperdonable- e insostenible.

Es preocupante porque habla de la calidad de la enseñanza -y, de paso, de la investigación- en la institución. ¿Cuál es la bibliografía de los cursos que imparten los profesores universitarios? ¿Qué vigencia o actualidad tienen tales recursos de información? ¿Qué autores, títulos o editoriales publican lo mejor -es decir, tienen la mayor autoridad- en su materia? ¿Lo saben, lo difunden? ¿Sus estudiantes lo saben? ¿Cuántos de esos títulos están representados en las bibliotecas? Y los que no están representados ¿por qué no se han adquirido a lo largo de los años?

Incluso si los docentes han optado por distribuir física o electrónicamente, entre sus estudiantes, capítulos o incluso fotocopias de las lecturas del curso ¿por qué desdeñar de tal manera a las bibliotecas?

Es decir ¿los profesores y estudiantes universitarios no leen nada más, que no sea lo relativo a sus materias? ¿Y entonces adónde queda la integralidad de la formación universitaria, su universalidad?

Y si leen, entonces ¿qué leen? Porque en las bibliotecas, se puede decir que las colecciones están inmóviles.

Por poner un ejemplo: la colección de revistas y periódicos -la hemeroteca- de la Unidad de Servicios Bibliotecarios y de Información (USBI) de Xalapa, casi siempre se ve desierta de personas, no obstante que cuenta con formidables recursos de los que se ha hecho mención desde hace casi una década, en este blog y en El Referencista, el boletín de la Dirección General de Bibliotecas. Cito solamente un título de los cientos de revistas con que cuenta tal hemeroteca: La Revista de Occidente ¿cuántos universitarios la conocen, cuántos la han leído?

Es imperdonable la situación mencionada, con respecto a todos los involucrados -autoridades, académicos, bibliotecarios, estudiantes-, porque todos los años los calendarios y agendas están saturados de reuniones académicas -se supone que ese es su objetivo- y administrativas y, no obstante, hay miles de estudiantes que en cada ciclo escolar están a punto de egresar de la universidad, es decir, a punto de titularse, y no saben que ha habido desde mediados de los años 90 -desde donde yo recuerdo- una oferta considerable de recursos de información en línea, así como cursos para aprender a usarlos, y que ahora, incluso cuentan con una biblioteca digital universitaria y un repositorio digital.

La biblioteca digital (http://www.uv.mx/bvirtual/) cuenta con cientos de millones de referencias bibliográficas y millones de artículos de investigación de primer nivel, que se pueden descargar sin costo. Lo anterior no significa que no le cuesten al presupuesto universitario, pues la institución participa en CONRICyT, por lo cual se paga.

El repositorio digital (http://cdigital.uv.mx/) cuenta con miles de documentos digitalizados, de la producción intelectual propia de la comunidad universitaria, accesibles también sin costo.

¿Qué se necesita para que estos ingentes recursos, aparte de los casi tres cuartos de millón de libros que están en las bibliotecas universitarias del estado, se pongan en movimiento?

En primer lugar, que los universitario lean. Y no solo en sus teléfonos, en la pantalla de las computadoras o aún en las tabletas. Que lean libros. Y así como comprendemos lo que dice Jorge Luis Borges, en el sentido de que tal vez leer hace la felicidad, también entendemos no se puede obligar a nadie a ser feliz. Pero creemos que si los universitarios leyeran, leerían cada vez con mayor frecuencia e intensidad, es más: leerían cada vez mejores cosas y exigirían poder seguir haciéndolo, y tal vez de paso exigirían a sus maestros leer y/o los obligarían a hacerlo por una presión moral descomunal.

Entonces, la biblioteca no sería un lugar de silencio, inmovilidad y paz, sino un lugar donde ebullirían el pensamiento y la vida interior, intelectual, de nuestra sociedad, inerme ante la violencia gratuita e innecesaria del modelo económico vigente.

Es preciso, para que todos los universitarios conozcan y usen las bibliotecas, que:

Se observe, se reconozca y se destaque que, de entre los lugares donde mayor riqueza económica -potencial y real- se ha acumulado a lo largo de décadas de vida universitaria, ocupan un lugar destacado las bibliotecas.

Considérese lo siguiente: si hay tres cuartos de millón de libros en el sistema bibliotecario, tomando como promedio el costo de cada libro en 30 dólares (de los de 18 pesos) -idealmente- resulta que las bibliotecas universitarias son depositarias, en este momento, de un tesoro de alrededor de 400 millones de pesos ($405,000,000.00).

En ninguna infraestructura universitaria se ha invertido tanto como en el conjunto de las bibliotecas ¿por qué, entonces, se les considera solamente como un “apoyo”, cuando mucho secundario, en todas las consideraciones académicas?

Se han visto los organigramas donde las bibliotecas de facultades e institutos figuran junto a las bodegas. Los bibliotecarios y los intendentes parecen ser intercambiables, y son capaces de realizar el mismo trabajo –acomodar libros, barrer, sacudir-, al decir de algunos. “¿Para qué libros y bibliotecas, si ya tenemos Internet?” parece ser un mantra tranquilizador para otros.

Esa es la perspectiva que ha conducido a la situación actual, bochornosa, donde dos de cada tres estudiantes ni se enteran de que hay una biblioteca a su servicio. Falta decir que, de los que saben que hay una biblioteca, son muy pocos los que saben cómo aprovecharla. En todas las reformas y modelos hiper-novedosos de la educación superior, ha estado ausente la perspectiva de la alfabetización informacional, y eso se nota.

¿Por qué se delega -por otra parte- en personal con plazas administrativas -personal bibliotecario y de base sindicalizado-, un trabajo que de suyo, de toda la vida, ha tenido que ver con lo académico?

Por consecuencia, también, es preciso que ya se dejen de gestionar los sobrantes del presupuesto universitario –empleado sobre todo para costear viajes de algunos académicos y funcionarios, y salarios- para mantener actualizadas dichas bibliotecas, pues éstas representan la mejor inversión a largo plazo para cualquier casa de estudios.

Que los académicos investiguen-enseñen en y con la biblioteca, que a los estudiantes se les enseñe, y ellos se decidan a investigar-aprender en y con la biblioteca, a la par que a usar las nuevas tecnologías.

Que las autoridades académicas recuperen el sentido de importancia de las bibliotecas, como ejes del proceso de formación profesional. Ese sentido parece que se perdió en algún punto entre las pugnas por el presupuesto, el reparto de plazas y la competencia por los privilegios del SNI.

También se requiere que los bibliotecarios valoremos a cada docente, investigador o estudiante como un ciudadano con un profundo impacto, actual y futuro, en nuestra realidad social.

Decimos desde hace tiempo que el paradigma de la indiferencia hacia las bibliotecas y la lectura es insostenible, porque las presiones cognitivas de nuestro tiempo van en aumento. Para enmendar el problema, hemos sugerido desde tiempo atrás que cada estudiante alfabetizado en información, alfabetice a otros dos, de manera voluntaria, esto tendría un efecto multiplicador y viral que tal vez en poco tiempo, permitiría sortear el déficit de competencias del que aquí hablamos.

Tenemos todos los recursos para aprender algo nuevo cada día, pero no los estamos aprovechando como deberíamos.

 

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