Leer nos hace más felices

“Un libro es para mí el cruce de una frontera que
carece de guardias al servicio del poder de turno y
de burócratas aplicados que solicitan papeles
inhallables. Me siento en un sillón que respeta mis
fatigas y abro un libro que elegí.
Y estoy, ya, en el mundo de la libertad”.
Andrés Rivera, 1994.

De acuerdo con esta nota publicada recientemente, se realizó un estudio interesante sobre la lectura, cuyos resultados arrojan que leer nos hace más felices, en términos generales. Irónicamente, cabe recordar aquí, que según lo expresó un ex-presidente mexicano, se vive “más feliz” -más contento, dijo- si no se lee… y si no se lee, específicamente, la prensa.

El episodio en el cual Vicente Fox tuvo tan desafortunada expresión se relata detalladamente en la nota titulada: Vicente Fox y el analfabetismo como fórmula ideal, publicada en la revista Proceso hace ya algún tiempo (2003).

Dado que, como hemos visto, depende de hacer esta reflexión el que nuestros compatriotas se beneficien algún día  -ojalá sea pronto- de la felicidad que proporciona la lectura -y, cabe agregar, la independencia, la autonomía, la libertad, la capacidad de construir una comunidad democrática verdadera y justa que acompañan a la lectura-, entonces no es ocioso reflexionar en la tendencia que acusan algunos membretes rimbombantes relacionados con programas o proyectos gubernamentales en torno la lectura, los libros y las bibliotecas.

No dudo que los membretes citados a continuación debieron ser el fruto de sesudas reuniones con servicio de cafetería y edecanes, donde autoridades de gran peso, con el consejo de grupos de asesores con sueldos extraordinarios, ponderaron y decidieron los membretes, con cargo al erario y con renglón presupuestal asignado, de los programas que se han venido ejecutando para la promoción de la cultura del libro y la lectura en un país de ejecutados como México, para llegar a hacerlo algún día, por ventura, diríase que quisieran que por decreto, un país de lectores.

Los libros del (olvidado) rincón

Tomemos por ejemplo el caso de Los libros del rincón… Aunque es plausible que la idea de un “rincón” con libros puede ser algo acogedor y hasta invitante, también instala a estos inefables causantes de nuestra felicidad -los libros- en una ubicación efectivamente periférica, oscura y polvosa, en una esquina o rincón de las escuelas, bastante alejada de los asuntos domésticos o escolares centrales -es decir, la burocracia de formato y folio, la des-administración de la carencia escolar, la anti-planeación pedagógica, al lado del siempre político reparto sindical de horas y comisiones- de modo que el asunto de la biblioteca y su papel en la escuela, en la vida y en la felicidad de los niños de este país, permanezca en los rincones de la actividad educativa, como de hecho ocurre en gran parte de las escuelas del país.

Bibliotecas de aula

Por otro lado, parece que llamar “biblioteca de aula” a una caja de plástico con 40 o 50 libros que los docentes pueden llevar –pueden, si quieren, si así lo consideran necesario, por que no hay nada que los obligue a hacerlo- a su salón de clases -, es la contraparte funcional del concepto oficial de los libros “del rincón”.

Bajo el eufemismo de “biblioteca de aula” para la caja de plástico, se crea conceptualmente la impresión de que los libros -aunque sean pocos- ya no están en el “rincón”, ahora salen “al aula” y así, a cuentagotas, ya pueden llamarse, según éste criterio, “bibliotecas”.

Baste revisar en términos generales el reporte de la OEI sobre las bibliotecas escolares en México, para darse cuenta de cuál es la realidad.

De ahí la inmensa pobreza de nuestros lectores, de ahí el analfabetismo funcional generalizado,  de ahí el abandono complaciente de las bibliotecas públicas municipales, de ahí el circunspecto y hasta casi serio desenfado con que, aún en prestigiosas universidades privadas y públicas, se admite que el presupuesto de las bibliotecas sea igual a cero

Total -parece ser el corolario en la mente de muchos funcionarios de diversos rangos y variopintas formaciones-: para los libros del rincón, pues que se invierta lo que sobre.

La realidad es que, aunque bajo tales rubros, supuestamente se erogan cantidades de dinero monumentales, las bibliotecas escolares -que sí ameritan ser llamadas bibliotecas y que deberían tener el alcance de bibliotecas comunitarias y/o públicas, para optimizar el uso de los recursos con que cuentan, y beneficiar al mayor número posible de ciudadanos- carecen en la inmensa mayoría de los casos, del personal y la infraestructura necesarios para poder funcionar como verdaderos corazones y cerebros -ambos fundamentales, y ambos centrales– de los centros educativos y de las comunidades. Y hablamos no de la biblioteca como lugar, salón, aula o edificio con los recursos documentales, sino como una organización donde están implicados todos los actores educativos y culturales -directivos, docentes, prefectos- junto con los recursos documentales de la escuela, para servir a los educandos y a la comunidad.

El resultado de poner “en un rincón” los libros, y de llamar “biblioteca” a una caja de plástico con libros, es que por la vía de los hechos se ha obstaculizado y se ha frustrado -tal vez por décadas, para la desgracia de varias generaciones- una reflexión necesaria, que apunta a una idea más generosa, quizás también a acciones más ambiciosas, pero finalmente y necesariamente humanistas acerca del papel de los libros y las bibliotecas en la vida no solo escolar, sino también comunitaria.

Las principales democracias han realzado siempre la importancia del libro y las bibliotecas, por ende, han fomentado y respetado por todos los medios a su alcance, la necesidad y la acción lectora -y escritora- de los ciudadanos.

Una democracia debe acercar los libros por todos los medios posibles -incluso, los medios de transporte no tradicionales, como los biblio-burros y hasta los biblio-camellos– al pueblo lector. Actualmente, lo mismo es válido para el servicio de Internet.

Y no debe ser para menos, pues las fuerzas de la reacción -la burguesía descarnada, cuyo corazón está en las Bahamas, los neo-esclavistas de salario mínimo, los imanes* financieros hiperblindados, los carteles electorales mal llamados “partidos” – se apoyan sobre todo en la ignorancia y la desinformación para poder dividir, controlar, manipular y exprimir ampliamente a las masas.

* Encargado de presidir la oración canónica musulmana, poniéndose delante de los fieles para que estos lo sigan en sus rezos y movimientos. En el caso de México expresan: “el peso está subvaluado”, y “hay que estar preparados para una crisis potencialmente severa y de consecuencias violentas”.

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