La formación de los maestros

Por Luis Bello Estrada*

Ninguna sociedad educa para su destrucción, pero la educación tiene un componente esencial de cambio, de resistencia del status quo. En el caso mexicano, será la oportunidad de la tan necesaria transformación estructural de la exclusión imperante.

Hablar de la formación de docentes hoy implica una visión muy triste: la evidente campaña de desprestigio de un gobierno ilegítimo, la incertidumbre laboral que propicia el Servicio Profesional Docente (SPD) o la desaparición forzada de 43 estudiantes de la carrera más afín a la docencia. Hablar de formación docente implica el escenario más sombrío, el del cierre de las escuelas normales –hoy admitido por propios y extraños, como el Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE)–, las instituciones más adecuadas para la función docente. Cierre que se fragua desde el poder autoritario y que vanamente se justifica por la incapacidad para responder a un proyecto neoliberal de nación, a todas luces inviable y antihumano. Y ahí sí que está la causa del rechazo, en la capacidad de respuesta de los maestros normalistas para los extravíos y abusos. En las normales se fragua históricamente la educación como una acción transformadora.

Hablar como normalista es resistirse a la barbarie. Es, bajo condiciones adversas, convocarse para enfrentar al status quo, que parece inamovible; es resistir a la desigualdad que hiere y a la pobreza que lacera. El normalismo es el reducto del estado de bienestar que considera que ni la eficiencia ni la optimización, ni la calidad neoliberal constituyen al ser humano que buscamos en cada hombre. La íntima naturaleza humana no se regocija ni se satisface con la libertad de explotar a las personas y convertirlas en objetos de producción y consumo, sino humanizándolas.

El normalismo, a lo largo de sus más de 100 años de existencia, ha vivido bajo ataque, ha luchado contra el oscurantismo y los cristeros, ha sobrevivido al SNTE charro y a Elba Esther Gordillo; ha padecido con y por el pueblo las luchas sociales; se ha aliado con la causa humana por erradicar la pobreza y la ignorancia. Ha enfrentado al fanatismo del que más de una vez ha sido su víctima.

La educación de los normalistas por décadas ha formado nación, ha desarrollado los procesos sociales. El egresado de la normal comúnmente se responsabiliza de la función más transcendente del Estado: gestar la política en niños y jóvenes, propiciarles la ética. Por ello el normalismo se entendió antes –y ahora debe ratificarse– como una profesión de Estado, que poco o nada tiene que ver con lo exclusivo, con la dependencia del dinero. Pensar de otra manera es traicionar a la nación.

Hace 3 mil años, el primer maestro de occidente, llamado Mentor, le explica a Telémaco que lo van a incitar a la violencia y cuando responda lo van a matar, con ello lograrán poseer a su mamá Penélope y a Ítaca el reino de su papá, Ulises. Telémaco ya advertido por Mentor, sabe esperar, no cae en la provocación y salva su vida. Mentor salva la vida del hijo del rey excelente, la ciudad se libra de usurpadores del trono, viciosos y abusivos. Mentor salva la vida de su discípulo, pero más bien salva al pueblo de la desgracia. Hoy en día Mentor difícilmente hubiera sido seleccionado por el INEE para dar clases, sus virtudes no las evaluaría el instituto. Evidentemente hoy el desarrollo del espíritu para salvar a la patria o por privilegiar lo humano no forma parte del afán neoliberal ni constituye ninguna materia de interés en la intrincada malla curricular del plan 2012.

El educador egresado de las normales es el portador de una tradición que desarrolla el espíritu con carácter humano, más allá de lo que ninguna otra oportunidad de formación. En contrasentido, la instrucción y competencia para el trabajo y la vida y el adoctrinamiento al orden establecido, que se abonan en la reforma educativa 2013, en la ley general del SPD y la ley del INEE, gestan una modernidad tradicional, exclusora, marginadora y antidemocrática que propicia en el país la triste estampa en la que se encuentra.

La modernidad tradicional que padecemos ha buscado con sus instituciones, también tradicionales, eliminar la educación; ha buscado sustituirla por la instrucción para el trabajo y el adoctrinamiento; busca la obediencia ciega ante una estructura social tan resquebrajada como impositiva. Es claro que prevalece un modelo de producción y reproducción de bienes de mercado, que no tiene inconveniente en desechar el sentido humano de los estudiantes.

El normalismo tiene una historia de libertad, equidad y solidaridad. Los docentes de la normal, de entre los cuales formo parte, somos diversos, tenemos diferentes formas de pensar. Los espacios de diálogo y discusión respetuosa de las ideas no son lo más común, por ello considero que sólo el acuerdo hacia el interior nos permitirá como catedráticos entender en conjunto nuestra problemática y hacer un frente común, organizado y firme para defender la mejor formación de los nuevos maestros que requiere México.

*Profesor de la Benemérita Escuela Normal Veracruzana

Tomado de: La Jornada.

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