El shalalá y el cabroñol

Nota: En línea -cosa que me alegra y enorgullece- con la opinión expresada en este espacio en días anteriores, reproducimos la nota publicada en la revista Proceso, una nota de Análisis de Sabina Berman, titulada El shalalá y el cabroñol, que refuerza a mi juicio, la tesis de la banalidad intelectual con cargo al erario público, manifiesta en la actuación de funcionarios como Lorenzo Córdova, banalidad que debería desaparecer.

Por Sabina Berman

El cabroñol ilustrado. Cartón: Rocha

MÉXICO, D.F. (Proceso).- 1. En una llamada telefónica que circula en las redes, la candidata a la gubernatura de Nuevo León por el PRI, y hasta hace un par de años presidenta del municipio de Guadalupe, Ivonne Álvarez, pregunta con voz confiada:

–¿Y eso se va a arreglar hasta que depositen (más bien debió decir: depositemos) los 7 millones (que tomamos) o lo otro (27 millones que también tomamos)?

Su interlocutor, Jesús Páez Elizondo, secretario de Finanzas y tesorero municipal, es decir, su subordinado cuando ella era presidenta municipal, admite:

–No, no. Los 7 millones no (los vamos a regresar, ni importan). (Lo que importa son) los 27 millones.

Ella responde, relajada:

–(Pues) si los 27 millones salen a relucir, nosotros podemos seguir diciendo: son obras que realizaron, y shalalá.

2. Shalalá es una palabra que a mí me trae buenos recuerdos. Nació entre los chavos de hace una década para significar un estado de relajamiento moral: este cuate es hetero y/o gay, estos dos cuates son novios o sólo son amigos eróticos o shalalá. Todo va bien: un etcétera bien intencionado con el prójimo, reflejo de la nueva diversidad de estilos de vida: shalalá.

Y así le pusimos a nuestro programa de entrevistas por televisión Katia D’Artigues y yo: Shalalá, porque con buena intención queríamos recibir a los más diversos invitados y darles voz. Políticos, activistas sociales, locos, artistas y en especial miembros de minorías raciales y sexuales.

Bueno, supongo que nos acaban de arruinar la palabra shalalá a los partidarios de la diversidad. Puesta en boca de los políticos mexicanos y en el contexto de la corrupción, de ahora en adelante resumirá la ideología reinante en nuestra casta política: lo lícito y lo ilícito dan igual, robar del erario y traficar influencias y mentir dan igual, porque resultan impunes.

Todo se justifica, nada se sanciona: esto no es una nueva moralidad sino la pura inmoralidad: shalalá.

3. La multitud esconde al criminal individual de cuello blanco: Si no todos, buena parte de los políticos viven en el relajo impune del shalalá.

Yo vi hace tres años al secretario de la Función Pública abrazado con el jefe administrativo del Conaculta, bebiendo whisky ambos, brindando ruidosamente. El funcionario que debería controlar al otro funcionario, brindando con él, celebrando quién sabe que pillería secreta.

Y vi a un panista presumir –presumir– que cada terreno que la administración calderonista compró, lo compró al triple de su valor real, para enriquecer al partido y a sus miembros.

Pero nada como la historia de la tía Conchita ocurrida al final del pasado sexenio. Resulta que un subsecretario reunió en su casa a sus cuates, y a sus no tan cuates pero conocidos, para darnos una mala noticia y luego otra buena.

–Primero la mala –dijo el subsecretario, sentado a la cabeza de la mesa–. La tía Conchita ha muerto.

–Dios mío. Pobrecita –fue soltando el coro de amigos del subsecretario–. Mi pésame sentido. Lo siento. Oye, ¿y de qué murió la señora Conchita?

–De un paro cardiaco –dijo el sub­secretario.

–Perdón por la ignorancia –intervino uno de los cuates–, ¿pero quién es la tía Conchita? Es decir, quién era.

–La tía predilecta de mi esposa –explicó el subsecretario–, que vivía en Texas y tenía pozos de petróleo. Ahora, dejen y les doy la buena noticia. La tía Conchita le heredó a mi esposa 10 millones de dólares.

Así el subsecretario anunció a sus cuates que en adelante lo verían cambiar de estatus de vida. Lo verían en una casa mucho más grande. Lo verían en un yatecito en Acapulco. Lo verían con varios automóviles importados.

Y shalalá.

4. Y ahora un poco de cabroñol. La semana pasada nos trajo otra conversación telefónica emblemática de la casta política. El consejero presidente del INE, Lorenzo Córdova, le cuenta así a otro funcionario sobre la asesoría que dio a los líderes de los pueblos indígenas:

–No mames, cabrón… Te voy a decir cómo hablaba ese cabrón. Yo jefe gran nación chichimeca, vengo Guanajuato, te quiero decir a ti: o diputados para nosotros o yo no permitir tus elecciones.

El consejero presidente del INE se burla del habla del líder indígena, ¿pero qué tal su propia habla, el cabroñol, en la que remata así su plática?

–Yo  no sé si hable así, pero no mames, cabrón, es Toro, cabrón, del Llanero Solitario, cabrón… ¡No mames, cabrón!, ¡De veras no mames, cabrón!

No está mal para un doctor en teoría política de la Universidad de Turín, en Italia.

5. El problema desde luego no es la impureza del habla de nuestros políticos. En la impureza del habla es donde nacen los nuevos brotes que innovan un lenguaje. El problema es que piensen, y sobre todo que actúen, en cabroñol y en shalalá, dos dialectos con filosofías complementarias.

El shalalá cifra el privilegio de la casta política: todo le es permitido y nada le es sancionado. Y el cabroñol cifra la arrogancia de esa clase así privilegiada y su desdén hacia el resto de los mexicanos.

–No mames, cabrón, qué cabrones somos los que hacemos nuestra regalada shalalá, ¿no te parece, cabrón?

-Oh sí, muy cabrón.

Un comentario en “El shalalá y el cabroñol

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