El agua y lo demoníaco

Por Javier Sicilia*

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Más allá de creencias religiosas, lo demoniaco es una temperatura del alma, una manera de nombrar la aberración humana, el mal. Las grandes tradiciones religiosas, cuya sabiduría se guarda y se expresa en el lenguaje de la poesía –el que puede acercarse mejor a lo innombrable–, tienen, en la tradición judeocristiana –que es la que pertenece a Occidente–, un hermoso cuento que lo revela, el de la Caída, que se encuentra en el Génesis. Según ese relato, después de que Dios creó el mundo, creó y puso al hombre en él para que lo cuidara, se alimentara y lo hiciera florecer. Sólo le prohibió comer del árbol que estaba en el centro de la creación, un árbol que daba un fruto extraño, que la imaginería popular y la intoxicación religiosa asociaron con la manzana y sus connotaciones sexuales: “el árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal”. Haberlo comido, tentados por lo demoniaco, es decir, por el deseo de ser como dioses, precipitó al hombre y a la mujer en la desgracia.

Independientemente de la tentación, lo demoniaco está en haber comido de ese fruto. Para comprenderlo es necesario ir a las raíces de las palabras “fruto” y “comer”. Fruto significa goce y provecho. Comer es tomar algo con violencia –en este caso el fruto del conocimiento y reducirlo a uno mismo. Lo demoniaco, el mal, es entonces haber tomado el fruto del conocimiento, que está hecho para la contemplación y el servicio, con el único objeto de gozar y aprovecharse de él para uso personal. O, en otras palabras, es usar el conocimiento para apropiarse de los dones de la creación que, como dones, son para todos.

Visto desde allí, todo egoísmo es expresión del mal. Sin embargo, de todos los egoísmos, el que nació con la sociedad económica moderna, y que se define como capitalismo, es, en este orden de la poesía, el peor de todos. El capitalismo –que está también de otra manera en el socialismo o en el comunismo– no ha hecho otra cosa que aplicar el conocimiento, a través de la tecnología, para la apropiación y el uso de todo lo existente. El mundo para él no es, como lo expresa el Génesis, y lo preserva la tradición poética de las religiones, un asombroso regalo que hay que cuidar, proteger y compartir, un don de Dios, una imagen sensible de lo que nos sobrepasa o un doble del cosmos, sino una resistencia a vencer y a someter para fines utilitarios y personales; materialidad apropiable y utilizable para la maximización del dinero.

Esta lógica depredadora, este egoísmo sistémico ha llevado lo demoniaco en México a extremos insospechados. No sólo, en su rostro criminal, a la utilización industrial y privatizadora del cuerpo humano –redes de trata y secuestros–, sino, en su rostro gubernamental, a la privatización y al arrasamiento de la tierra y su entraña. Lo que a todos pertenece como regalo de la vida, lo demoniaco lo ha ido convirtiendo en un puro bien económico que puede y debe ser explotado para uso y provecho de unos cuantos. El más reciente y espantoso objetivo de esa lógica es el agua, uno de los dones fundamentales para la vida humana y sus culturas. Bajo el supuesto de que el agua, como bien económico, ha comenzado a escasear –un argumento absurdo porque el volumen del agua en nuestro planeta es el mismo desde hace millones de años– y de que es necesario construir mayor infraestructura para distribuirla, el gobierno quiere entregarla a empresas privadas para que construyan las obras y administren el agua.

Lo que el argumento guarda, sin embargo, en su aparente bondad económica es, en realidad, su apropiación para venderla. La nueva Ley de Aguas llevará muy lejos lo que se inició hace tiempo con la privatización del agua por parte de las compañías embotelladoras. Con ella se eliminaría de manera absoluta no sólo su condición de don, sino –para hablar en los términos degradados de la economía– el sentido social que tiene en la legislación nacional vigente para convertir su extracción, tratamiento y distribución en un negocio total regulado por las lógicas de mercado. Y dejaría, por lo mismo, en la indefensión a estados, municipios y comunidades para favorecer a consorcios privados nacionales y extranjeros, no sólo los dedicados al manejo de aguas, sino también a empresas petroleras –la extracción de hidrocarburos con la técnica del fracking tiene, entre otros muchos inconvenientes, usar y contaminar cantidades inmensas de agua– y a industrias que, como la minera, hacen un empleo intensivo del líquido.

Vaso de agua. Foto de Brian Forrest.

El agua, sin embargo, es más que eso. Es, vuelvo al principio, un don destrozado por lo demoniaco y sus oscuridades infernales. Desde comienzos del siglo XX el agua y sus múltiples usos y evocaciones culturales se convirtieron en H2O, es decir, en una materia económica, un fluido manipulable de cuyo uso y control administrativo depende la sobrevivencia de la gente, una creación social del capitalismo cuya escasez debe ser ahora poseída y administrada por compañías privadas. Si no detenemos esta lógica depredadora, esta expansión de lo demoniaco, ya nadie podrá experimentar y sentir el don del agua. Controlada y controlados por el poder demoniaco de lo económico, sólo podremos imaginarla –recuerdo a Iván Illich– “sobre una gota ocasional o un humilde charco”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, y devolverle su programa a Carmen Aristegui.

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