RUMI Y LA SED DE LOS PECES

JAVIER SICILIA

RUMI Y LA SED DE LOS PECES

Creer que el islamismo es una religión fundamentalista es tomar una parte —su parte más visible e ideológica— por el todo; sería tanto como creer que el cristianismo de Bush o el de las expresiones más cerriles e ideologizadas de sus Iglesias, fuera la totalidad del cristianismo. A no ser que se confunda religión con ideología, esa creencia no es real. El islamismo, al igual que el cristianismo, es más que esas expresiones en donde la interpretación dogmática niega en su propia formulación el principio que dice defender. Dios es irreductible a cualquier formulación o, como lo dice la mística: “Todo lo que se pueda decir sobre Dios no es Dios.” Si a algo podría referirse es a una experiencia del misterio que no puede clasificarse en compartimientos sociológicos, a menos que se quiera perder su sentido.

No quiero decir con esto que las religiones sean todas iguales, digo simplemente que sus mediaciones, es decir, sus tradiciones, formulaciones y lenguajes particulares, funcionan de manera icónica, o sea, como umbrales que nos permiten ingresar en el misterio.

Para entenderlo habría que frecuentar más a sus místicos y poetas. Uno de ellos, en el caso del islamismo, es Jalaudin Rumi. Rumi (1207-1273) —de quien recientemente el conaculta acaba de publicar una antología, La sed de los peces, con versiones de la poeta Elisa Ramírez—, no pretende definir el misterio contenido en el Corán sino mostrarlo. Toda su vida y su obra —incluyendo la fundación de los derviches giradores— se dirige a encarnar esa zona, por definición inexpresable e incomunicable, en donde Dios se revela y se toca en sus delicias sin nunca poseerlo por completo. De allí el título de la antología preparada por Elisa Ramírez, título tomado de unos versos del Kulliyat: “Toda sed es saciada, salvo la sed de los peces./ Los místicos nadan en el vasto océano/ de la gracia y aún sumergidos en él lo añoran.”

Semejante a Juan de la Cruz que, después de sentir la experiencia del Amado, lo busca habitándolo, para Rumi la ausencia del Amado es siempre su presencia reflejada en todas las cosas. Por ello, para Rumi, no hay nada que pueda contenerlo. En cada parte de la existencia, en cada manifestación religiosa, en cada experiencia de vida, Dios se revela a sí mismo, sin hacerse absolutamente presente. No es algo concreto, como un objeto que podemos aprehender con la razón y definirlo, sino una experiencia amorosa que pasa por el mundo a través de nuestros sentidos: sólo puede sentirse a Dios cuando se ama todo aquello que de él vino. Podría decirse, con Raimon Pannikar, que la experiencia de Dios es un toque amoroso de la realidad, un conocer en el amor que nos sumerge en la visión inmediata de una realidad que no puede ser ni empírica ni racionalmente demostrable, pero que es tan inmediata, como la experiencia sensible.

Rumi lo ha experimentado y sabe, por ello, que su decir no puede, por lo tanto, expresarse mediante fórmulas dogmáticas, monistas y exclusivistas, como lo pretenden los fundamentalismos, sean religiosos, filosóficos o científicos, a riesgo de destruir el sentido mismo que habita en la tradición coránica. Su decir está formulado a través de formas artísticas: el poema, la parábola y la danza, cuyas particulares expresiones son sólo develamiento del amor, resquicio, como el de la realidad, por donde el misterio asoma. Se trata, contra todas las expresiones fundamentalistas, de una experiencia integral que permite ver y sentir en cada cosa finita la infinitud de la que emana. Rumi lo dice hermosamente en este juego de palabras entre gul (rosa) y kull (el misterio de la totalidad): “Toda rosa que expande su aroma en el mundo exterior,/ habla del misterio del Todo.”

Para romper el prejuicio de Occidente hacia el islam hay que sumergirse en sus tradiciones más espirituales. Rumi y los sufi nos dan una hermosa lección de lo que la milenaria tradición musulmana guarda de precioso: la experiencia de Alá nos enfrenta al misterio que es la existencia y revela la vanidad de nuestros juicios. Sólo el mundo de los jueces, es decir, el de las ideologías, que reducen la Palabra a fórmulas que justifican el crimen, es el de la iniquidad.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez y sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro.

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