Jorge Saldaña (1931-2014), un hombre de bien

Hace algunos pocos días, la semana pasada cuando mucho, en Radio AMLO entrevistaron a don Jorge Saldaña, dejándolo hablar muy libremente y compartir su sapiencia, y habló como lo hizo siempre, de muchas cosas, muchas, todas significativas, todas importantes, todas valiosas, pero de entre ellas quisiera destacar las siguientes.

Habló don Jorge Saldaña de los derechos humanos y de su experiencia en Sudáfrica donde, como periodista, él tenía que ocupar los hoteles y transportes señalados para el grupo racial en el que, con su política de apartheid racial, el gobierno sudafricano (pre-Mandela) lo había categorizado.

Como negro no era, ni blanco, lo mandaron con los “de color” (así, con esa palabra, según los blancos autores de la clasificación) adonde se encontró entre otros, por ejemplo, con los portugueses. Ésto, en los años noventa.

Ironías de la historia, pues ellos fueron -los portugueses- de los primero europeos en transitar abiertamente por aquellas tierras sudafricanas, hasta que holandeses y británicos se repartieron las mejores y establecieron a mediados de 1800 la ley con el nombre que hasta parece de inspiración divina: “Ley de Dueños y Sirvientes”.

Eso allá en Sudáfrica, hace casi 200 años, nada que tenga que ver con México. Nada que ver con el ahora…

Tal fue la exquisitez de los hijos de la cristiana Holanda, de la cristiana y protestante, Gran Bretaña, en Sudáfrica.

“En este estado no había espacio político para los negros, si bien constituían el 75% de la población. Se les negaba el voto en elTransvaal y el Estado Libre de Orange y bajo ciertas condiciones, con base en las propiedades que tenían, se les concedía derecho al voto en la Colonia del Cabo. Nuevas leyes fueron promulgadas que todavía oprimían más a las poblaciones no blancas. Por ejemplo, los negros no tenían derecho a la huelga y estaban relegados a las tareas manuales, [es claro que se advierten las hondas raíces históricas de las modernas reformas laboral y educativa mexicanas, de pleno siglo XXI, nota del editor] no podían enrolarse en el ejército y debían estar provistos de pases para poder tener acceso a ciudades u otros lugares del país. [Aquí, eso se resolvió mediante el alza a las gasolinas, nota del editor].

“En 1939 se promulgó una ley que reservaba el ocho por ciento del territorio de Sudáfrica a los negros. Los blancos que apenas constituían el 20% de la población se les daba el dominio sobre el 92% del territorio. Los africanos negros no podían comprar, rentar, ni inclusive cultivar tierras fuera de las asignadas. Millares de negros fueron sacados de granjas y forzados a emigrar a estas zonas asignadas a ellos, cada vez más super-pobladas y empobrecidas.” (Wikipedia)

Sin decirlo él, pero contextualizando la narración de Jorge Saldaña -sobre aquella vergüenza en cuanto a derechos humanos- a mí me hacía pensar en el actual apartheid económico nacional, donde un 3% de la población mexicana disfruta del 50% del producto interno bruto anual (PIB), mientras que el 97% restante tiene -tenemos- que -por la buena- subir y bajar escaleras, cruzar ciudades una y otra vez, con copias de copias ¡de copias! de documentos “comprobatorios”, para que pueda resolverse algún trámite, con suerte seis meses después. O por la mala, como seguramente ha ocurrido con cientos de miles de mexicanos, y para participar de un monto más generoso del PIB, involucrándose en la corrupción y el narcotráfico.

Es este apartheid económico mexicano, el que festeja en las revistas de socialité, el tres por ciento de la población, lo mismos desde sus yates de superlujo, que de sus departamentos y residencias en zonas de acceso restringido. Y de verdad parecen estarlo disfrutando.

Jorge Saldaña habló  también en esa ocasión- de la educación. Habló de la educación moderna y subrayó que ésta tiene la clara y abierta pretensión de formar hombres y mujeres competentes y exitosos. ¿Cómo saber si un estudiante empieza a ser competente y exitoso? Para ello hay que evaluarlos. Evaluar su eficiencia, su eficacia. Poco más se necesita, pues los valores de una persona ¿esos, cómo se evalúan? Por eso, porque los valores no se evalúan tan fácilmente, son doctores en economía capaces y exitosos, los que establecen sueldos espantosamente miserables para millones de trabajadores. Por eso son doctores en derecho, los jurisconsultos que interpretan la Constitución siempre a favor de los poderosos: tienen que serlo.

“Competentes y exitosos”.

Esas dos palabras, dichas por don Jorge Saldaña, rezuman, correctamente, un tufo alarmante.

Hombres y mujeres competentes, es decir capaces de competir entre sí, que reúnen un grupo de características deseables para desempeñarse eficientemente en la empresa, el gobierno, de trabajar con competencia.

Hombres y mujeres exitosos, pero de ese éxito medido en posesiones, en cuentas bancarias, en el éxito como moneda de cuño del capitalismo depredador. “Exitosos”, reflexionaba don Jorge, “sin importar qué”.

Ese el binomio en venta, en la educación moderna: Educar a los jóvenes para ser exitosos -de tan competentes-: exitosamente, egoístamente, competentes.

A ese binomio se rindió, se redujo, casi dijo, la educación pos-revolucionaria en la que él -Jorge Saldaña- se formó, la educación inmediatamente pos-revolucionaria, que en la voz de los padres y abuelos, y de los maestros, buscaba sencillamente, “formar hombres y mujeres de bien”.

Hombres y mujeres que amaran a la patria.

Ahondó, en la entrevista de la radio internética, como sólo él solía y podía hacerlo, en esa idea de los “hombres y mujeres de bien“. Y subrayaba esa palabra. Su comentario incidía, sin decirlo, en la rareza del uso que, conceptos como el de “verdad”, “justicia”, o “bien”, tienen en nuestro tiempo.

Para realzar el olvido lamentable en que se encuentra aquella noble misión de la educación de: formar hombres de bien, utilizó un ejemplo memorable.

Comentó que acudió recientemente a un café Starbucks a tomarse un café. Allí, como en todo buen “autoservicio”, se sintió algo perdido al principio.

Luego, ya café en mano, se acomodó a disfrutarlo, confiando en que podía esperar al mesero a que llegara con la cuenta para pagar.

Pues bien, en eso estaba, dijo, cuando un joven empleado del establecimiento se le acercó y le dijo: “Oye, tienes que pasar a pagar en caja tu café…”. Palabras más, palabras menos. Eso sí, con una sonrisa de Manual de Organización y Certificación de la Calidad.

Don Jorge no lo dijo, pero imagínense la tremenda tristeza que experimentó, alguien a quien los jefes le acabaron cerrando, pero seguramente con mucha educación, las puertas -directamente o indirectamente- de sus “negocios de comunicaciones”, por hablar con la verdad, por ser crítico, por intentar que el auditorio reflexionara críticamente, empresas adonde con su inteligencia hubiera ascendido fácilmente hasta el nivel de director general, pero a quien sus valores morales le impedían ahondar en las ciénagas de corrupción que abiertamente criticaba.

Imagínense la tristeza que experimentó don Jorge, al ver que sesenta o cincuenta años de lucha periodística, radial, televisiva, inclusive internética, no habían logrado hacer mella en el poder oligopólico de los medios masivos de comunicación, ni en el modelo educativo a su servicio.

Con ánimo siempre reformador narró que le preguntó a aquel jovencito en sus veinte: “Perdone joven, ¿qué usted me conoce?”.

Y el joven evidentemente desconcertado por la pregunta insistió con una sonrisa tan artificial como el nombre del establecimiento donde se encontraban: “No, no te conozco, sólo te pido que pases a pagar, por favor”. O algo así, apegado a alguna suerte de Procedimiento.

Jorge Saldaña, animado por su humanismo, quiso encontrar en aquella coraza sonriente, capaz y exitosa del joven, una fisura que condujera al humano corazón del joven empleado, e insistió. “Si, voy a pagar, pero esperaba que me lo pidiera con la palabra “Usted”, y no porque yo sea un gran empresario, o un gran funcionario, sino porque yo podría ser su abuelo“. Palabras más, palabras menos, eso le dijo. Así lo recuerdo.

El joven -evidentemente incapaz de entender lo que quería decirle una persona de un contexto cultural e histórico ajeno al suyo, alguien ajeno a la banal, nihilista, huera y comercial sub-existencia moderna- volvió a sonreír y le dijo: “Pues sí, pero pasa a pagar”.

Don Jorge, un erudito, entendió entonces que el asunto estaba muy, pero muy alejado, de sus conocedoras palabras y humanos gestos, lejos de su poder oratorio, de sus dones retóricos, de su casi siempre amable lenguaje no verbal, y con un sentimiento de tristeza duplicada y un tanto tal vez de derrota, le agradeció al joven con una sonrisa y dijo que pagaría enseguida.

El joven empleado, sin agregar más, se retiró a cumplir con las tareas que le indicaba su Manual de Procedimientos.

Jorge Saldaña, el periodista, sin terminar su café, se paró y fue a pagar.

En ese momento, en medio de la cafetería nadie notó el lento caminar de un hombre de bien, rodeado de hombres y mujeres jóvenes, capaces y exitosos.

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