Mayo de 2001: “México: Cementerio de la guerra sucia en Guerrero”.

Sur Proceso

En 10 días, aproximadamente, Guerrero será escenario de una investigación de la Procuraduría General de la República (PGR) en torno a un presunto cementerio clandestino. Según el coordinador de Servicios Periciales de la PGR, Miguel Oscar Aguilar, la decisión de realizar excavaciones en esa entidad se tomó luego de recibir diversas denuncias para investigar un supuesto cementerio formado durante la “guerra sucia” contra la guerrilla, en la década de los setenta.

En el marco de la inauguración del curso titulado “Formación en biología molecular para peritos forenses”, Aguilar aseguró que esos trabajos no se han iniciado porque la PGR no cuenta con los expertos capacitados para realizar la investigación, misma que debe hacerse con una técnica específica que marca la antropología forense.

El cementerio clandestino está ubicado en el patio de la señora Guadalupe Gervasio Ríos, tía del guerrillero Lucio Cabañas, quien narra en el siguiente reportaje, publicado en el número 31 de la revista Sur Proceso, cómo fue tomado el lugar como cuartel del ejército y se privó de la libertad a guerrilleros.

Los fantasmas de la represión de los años setenta rondan por este pueblo y 30 años después de que sus cuerpos fueron enterrados por militares en la casa de parientes de Lucio Cabañas Barrientos, fundador del Partido de los Pobres (PDLP), están dispuestos a señalar a sus asesinos. Entre los responsables de las muertes, podría estar el general Mario Arturo Acosta Chaparro, entonces miembro de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), encargado del combate a la guerrilla en el estado y hoy detenido por estar supuestamente involucrado con el narcotráfico.

Después de casi un año de mantener el secreto, la tía y los primos del profesor alzado en armas en 1967, Guadalupe Gervacio Barrientos -hermana de Rafaela Gervacio, progenitora de Cabañas Barrientos- e Inocencio y Refugio Morales Gervacio, decidieron dar a conocer la existencia de un presunto cementerio clandestino ubicado en el patio trasero de la casa materna.

Con el antecedente de que la casa de los Morales Gervacio fue convertido en un cuartel militar de 1972 a 1974 y los testimonios de habitantes de Tres Pasos que aseguran que ahí cientos de campesinos fueron torturados y no fueron vistos vivos después, Enrique González Ruiz, abogado de los familiares de detenidos desaparecidos durante la década sangrienta de los setenta, solicitó la intervención de la Procuraduría General de la República (PGR) para exhumar los restos.

Durante un año, la familia Morales Gervacio guardó el secreto del hallazgo, temerosos de la reacción del entonces gobierno priista y de los militares. La represión que les quitó a cuatro de sus familiares cercanos todavía está en su memoria.

En marzo pasado, animado por la denuncia contra Acosta Chaparro por los delitos de privación ilegal de la libertad y asociación delictuosa que interpusieron ante la PGR González Ruiz y la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos (AFEDEM), integrada en el expediente 26/DAFMJ/2001, Inocencio Morales Gervacio, policía bancario de Atoyac, se animó a detallar a Tita Radilla, miembro de la AFADEM, el descubrimiento de su hermano Refugio, quien hace un año al hacer una excavación en el patio trasero de su casa para construir una fosa séptica, encontró restos de huesos humanos y de ropa a los primeros 50 centímetros de profundidad.

“Nos dice el abogado (González Ruiz) que va a ser engorroso cuando vengan los de la policía a escarbar, está bien con tal de que se sepa qué pasó aquí y se haga justicia”, dice Refugio.

El hallazgo abrió las viejas heridas que este pueblo olvidado de la sierra de Atoyac, sin servicios públicos, rodeado de huertas de café, grano devaluado del que depende la población sumida en la miseria.

De casas de adobe, muchas de ellas abandonadas desde la década de los setenta, Tres Pasos revivió la época de persecución de los guerrilleros de Lucio Cabañas. Entonces, el Ejército ocupó la escuela, la cancha de basquetbol, la casa de los Morales Gervacio y el beneficio de café, además de que se instalaron más de un centenar de casas de campaña, al borde del riachuelo que atraviesa el pueblo.

“¡Qué tiempos tan feos, Dios mío, que no vuelvan a pasar!”, recuerda con lágrimas en los ojos doña Guadalupe Gervacio, quien perdió a dos hijos, Eloy y Raymundo, y a sus dos sobrinos Juan y Antonio Gervacio Hipólito, durante la campaña de aniquilamiento de cualquier vestigio de la guerrilla, luego de que murió Lucio Cabañas, el 2 de diciembre de 1974, oficialmente en un enfrentamiento con el Ejército, en el Otatal, Tecpan.

La historia que la gente de Tres Pasos pretendía dejar atrás, olvidarla, se rememoró con el indicio de la existencia del cementerio clandestino. La gente que vivió aquellos años, como Jacinto Hipólito Pérez, recuerdan la primera vez que el Ejército ocupó Tres Pasos.

“Llegaron en una mañana de junio de 1972, luego de la emboscada que puso Lucio al gobierno (Ejército) en Arroyo Oscuro, donde murieron como 50 guachos. Se metieron a las casas y esa vez se llevaron a 10 señores, que luego regresaron, pero desde ese día se quedaron hasta 1974, cuando murió el profesor Lucio”, cuenta Jacinto, comisario municipal por el PRD.

La figura de Cabañas Barrientos era familiar en Tres Pasos. Desde 1967, después de la matanza del 18 de mayo en Atoyac, realizaba reuniones de propaganda secretas, y frecuentaba a su tía Guadalupe para que le abasteciera de alimentos.

“Cuando venía le daba arroz, frijol, huevos, café, lo que tenía en la casa para que se lo llevara a su gente. Cómo no le iba a dar de comer si era mi sobrino”, cuenta doña Guadalupe, una octagenaria anciana que en sus ojos revela una profunda tristeza y en sus arrugas se lee el temor de la persecución.

El pueblo entero fue delatado. Refugio Morales y Jacinto Hipólito coinciden en que el “madrina” fue David Baltazar, quien después de “poner el dedo” a al menos 10 personas de Tres Pasos, trabajó como policía judicial en Chilpancingo.

Entre la gente que fue señalada de ser “cabañista” que fueron detenidos por el Ejército y jamás fueron presentados vivos, recuerdan Refugio y Jacinto a Felipe y Alejandro Urióstegui, Pablo Arreola, Dimas Reyes Yanes, Juan Gómez Flores, Simplicio Robles Zamora y Marquina Reyes, hija de Dimas, que al momento de su arresto tenía 13 años.

De los mencionados, dice Jacinto, los últimos tres y los cuatro primos de Lucio se unieron a la lucha guerrillera, el resto eran campesinos comunes.

“En esa época nos agarraron a todos los que fuimos a la asamblea en la que el profesor nos invitó a unirnos a él. Pero cómo no íbamos a ir a la junta si el profesor llegó armado. A mí me agarraron en el campo, yo tenía 16 años, me empezaron a golpear y me obligaron a cavar con las uñas lo que sería mi tumba, y ya me iban a dar un tiro en la cabeza cuando otro detenido que iba con ellos, Amadeo Morales Flores, dijo que él era ‘cabañista’ y que yo no, que me dejaran libre”, cuenta Jacinto Hipólito.

Vecino de los Gervacio Morales, Jacinto pertenece a una de las ocho familias de Tres Pasos que no salieron huyendo del pueblo cuando las tropas del 27 Batallón de Infantería invadieron el pueblo. “No teníamos dónde irnos, por eso no nos salimos”.

Durante los dos años de ocupación militar, los campesinos eran anotados en una lista que estaba en los retenes de entrada al Ejército. Nadie podía salir o entrar del pueblo si no pasaba por la revisión militar, donde tenía que firmar la relación.

“Nos daban dos horas para trabajar, no podíamos llevar ni una tortilla, y cuando cosechábamos, los soldados se llevaban todo y lo tenían en la cancha vigilado. Cada semana cada jefe de familia iba por un kilo de maíz, otro de frijol, uno más de café y un litro de aceite, pero no era suficiente porque las familias eran por lo menos de 10 personas. Nos moríamos de hambre”, dice con tristeza el comisario perredista.

En la memoria de los habitantes de este pueblo serrano están los apellidos de los mayores Escobedo y Barraza, así como del capitán Barajas. Nunca supieron sus nombres de pila, pero saben que durante dos años fueron los responsables de arrestos y torturas de cientos de personas de comunidades cercanas.

El nombre que sí guardaron en la mente es el de Mario Arturo Acosta Chaparro, que por lo menos una vez a la semana llegaba en helicóptero para interrogar a detenidos que consideraban que tenían información valiosa para localizar a Cabañas y recuperar al entonces senador Rubén Figueroa Figueroa, en manos del guerrillero.

La decisión de hacer justicia y sanar el dolor de cientos de familias que viven en la angustia de no saber qué fue de sus hijos, padres o hermanos, está ahora en la PGR.

Gloria Leticia Díaz (publicación del 21 de mayo de 2001)

Tomado de: http://www.rebelion.org/hemeroteca/ddhh/guerrero150501.htm

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