Enrique Fernández Fassnacht, acerca del movimiento estudiantil en el IPN

“Los estudiantes tienen todo mi respeto, tienen derecho a levantar la mano y decir aquí estamos y estas cosas nos preocupan y nos interesaría participar en las soluciones,” apuntó el titular de la ANUIES. “Yo –aclaró– no creo en la democracia de mano alzada. Si creo en la democracia, pero si ustedes creen que democracia es que ‘los alumnos voten si deben estudiar Estadística en la carrera de Sociología o Ciencia Política,’ pues no, en esa democracia no creo; ahí aplica –la máxima de– el que sabe, sabe y el que no, no.

Meditando al respecto de esas expresiones, se antoja hacer las siguientes reflexiones:

1. ¿Nada más a eso tienen derecho los estudiantes?

Tal vez después de ver este video sobre la educación finlandesa y la importancia que tienen para aquel país sus estudiantes, podamos pensar con más claridad sobre los derechos estudiantiles.

2. Por cuanto a la democracia directa. Si todos tienen la misma información ante una decisión ¿qué puede tener de malo la democracia “de mano alzada”? Cuando no todos tienen la misma información, por supuesto que la democracia de mano alzada puede llevar a situaciones bochornosas.

3. Y por último: “El que no sabe” ¿no sabe por que no quiere saber… o porque los que saben, no lo dejan saber?

Así, dicho con máximas, pareciera que el sistema de educación superior en México fuera una estructura equilibrada, donde la diferencia principal sólo es la que separa a los ignorantes de “los que saben”, pero que por lo demás fuera homogénea, equilibrada, justa y con oportunidades educativas iguales para todos.

Lo dicho por el secretario general de la ANUIES, choca con la percepción pública que muestra las disparidades tan abrumadoras como inaceptables, como la que media entre las condiciones educativas de los normalistas de Ayotzinapa, que comen con diez pesos diarios, las de decenas de miles de jóvenes en las universidades públicas de las principales capitales del país, que son cada vez más precarias y las de los estudiantes de universidades privadas con carreras cuyas colegiaturas asciende a medio millón o un millón de pesos, que deben servir para solventar bibliotecas, laboratorios, talleres y catedráticos de las grandes ligas, muy bien pagados.

Parece claro que los alumnos deben participar de manera decisiva en la elaboración de sus planes de estudio -puesto que se trata de sus intereses cognitivos, razón última de toda educación, aparte del engrandecimiento de la cultura y el espíritu humano- y las instituciones deben saber adaptarse y ser capaces de satisfacer tan ampliamente como es posible, esas demandas formativas surgidas del seno de la sociedad, y no solamente planear la educación o instrucción en función de los requerimientos “del mercado”, que es lo que ha venido sucediendo.

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