Reforma política y judicial, unidades de investigación patrimonial, prevención y lucha anticorrupción, salida a la crisis de seguridad nacional

El día de ayer estuvo aquí, en la USBI, Edgardo Buscaglia.

Iluminó e ilustró a todos los asistentes -cuestionándonos a todos, al mismo tiempo- acerca de la actuación del Estado mexicano ante la delincuencia organizada ¿éste es el estilo de quienes soñaron, lucharon e hicieron posible la Revolución Mexicana?

¿Ocurrió una Revolución en México, a principios del siglo pasado, hubo ese baño de sangre, se hizo ese sacrificio, para terminar en ésto: violación de derechos humanos, asesinato de periodistas, restricción a las garantías individuales, inseguridad, exclusión, miseria, marginación?

Pero el doctor, así como diagnóstico con toda precisión el mal, también hizo una clara prescripción del tratamiento.

Buscaglia expresó con extrema claridad que, si no hay primero un consenso responsable, serio, vinculante, entre los partidos políticos que permita al Estado y a la sociedad misma, a través de leyes, procedimientos e instituciones autónomas del poder político y los partidos, investigar el patrimonio de la delincuencia organizada, sus bienes, bodegas (de drogas, armas, dinero ¡y personas!), sus flotillas de transporte, etcétera, cualquier otra “estrategia” que se presente como “lucha contra el narcotráfico” no es más que una reverenda farsa, una mentira con un costo intolerable en vidas humanas.

¿Alguien sabe la más reciente cifra? ¿Ya llegamos a 70,000?

Sin una estrategia antinarco y anticorrupción, inspirada en la experiencia internacional, podrán llenarse todos los periódicos del país con noticias policiacas matizadas de desgracia natural, fenómeno inevitable o hasta designio divino, podrán -algunas autoridades- alardear de las aprehensiones de pequeños “líderes” de narcotraficantes o secuestradores y hasta de algunos cuantos “capos” de la mafia, pero los grandes y verdaderos líderes, los beneficiarios del mercado de estupefacientes y otros veintitantos negocios y actividades ilícitas que practican los delicuentes organizados, de cuello blanco y al amparo del poder político y económico, que les reditúan miles de millones de dólares anualmente, estarán tan campantes como siempre.

Sin una política de Estado responsable, informada, que considere la seguridad humana -un concepto integral que parecen haber ignorado nuestras autoridades durante muchos sexenios- como prioridad, y no que solo militarice sin ton ni son el país, al amparo del sonsonete vacío de la “seguridad pública”, seguirá habiendo luto, desolación y llanto en las colonias y barrios miserables de México -la mayoría-, mientras transcurren, alegres, las fiestas en las mansiones y zonas selectas del país y del extranjero, donde se regodea el uno por ciento de la población con los más altos ingresos.

Buscaglia aseguró que en un lapso perentorio -dos años, mencionó- si la sociedad mexicana exigiera a sus representantes que se aplicaran las medidas de política de la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Trasnacional, de 2000, o Convención de Palermo, la actividad de los delincuentes organizados -que abarca tanto a los que se pavonean descaradamente en las altas esferas del poder político y económico, seguros de su impunidad, hasta los delincuentes de barrio que medran a expensas de herir y despojar a su humilde prójimo- se desplomaría por completo.

Es tiempo de campañas políticas ¿por qué no, los ciudadanos, los votantes, condicionamos nuestro voto a que, gane quien gane, en esta próxima elección, se tomen las medidas necesarias para aplicar las políticas de la Convención de Palermo, para acabar en serio y de una vez por todas, con el baño de sangre que, por un lado, desprestigia a instituciones de gran tradición patriótica, como la Marina y el Ejército, pero por otro lado, más grave aún, lacera profundamente a los más débiles de esta nación, mujeres y niños?

Anteriormente se ha mencionado en este blog que la experiencia colombiana de llevar arte, ciencia y cultura a las regiones pobres de las ciudades y del campo, a través de bibliotecas de nuevo tipo, lo cual daría a los niños y jóvenes, en todo el país, la oportunidad de salir del círculo vicioso de la corrupción social y humana que comienza a imperar en las casas, colonias y escuelas.

¿Por qué no, exigir también ésto a los cuatro candidatos?

Consideremos que, además, cuando se logre recuperar la riqueza malhabida, ahora en manos de los delincuentes organizados, y se frene la inyección de recursos a las campañas políticas, que ha instaurado en México este sistema que pudiera denominarse no democracia, sino narcocracia, o kakistocracia, podríamos comenzar a vislumbrar la salida a un régimen de corrupción, pillaje y saqueo de la riqueza nacional que ha durado ¿cuánto, ochenta, noventa años?

Resulta penoso que, a pesar de nuestro heróico pasado, de esfuerzo y sacrificio, los mexicanos todavía estemos esperando que venga alguien a decirnos lo que podemos hacer. El tiempo de actuar es -siempre- ahora.

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