El Día Mundial del Libro, el fútbol y las telenovelas

Cada año se publican alrededor de un millón de nuevos títulos de libros, en inglés.
El promedio de libros leídos al año por persona, en México, ronda los tres libros.
Por su parte, las televisoras se jactan de poder llegar con su programación y anuncios comerciales, hasta casi un 90% de la población nacional. En promedio, un mexicano pasa de 4 a 6 horas ¡diarias! viendo televisión. Un niño mexicano queda expuesto a 20 mil comerciales televisivos al año -o algo similar, de siniestro.

En fechas recientes se han visto algunos -pocos- spots que promueven la lectura y los libros… ¿y qué?

En este mar nacional de desempleo y pobreza, ambos productos genuinos del neoliberalismo ¿quién puede separar de los gastos más apremiantes, dinero para libros? ¿Y con una librería por cada 350,000 habitantes y un partido de campeonato de por medio, quién quiere leer?

El Consejo de la Comunicación -Voz de las empresas- ya promueve el libro.

¿Y qué? Si no hay dinero para el gasto social, tampoco hay bibliotecas públicas.

En Xalapa, Ver., la “Atenas” veracruzana, se identifican dos, como las principales, cuando para una población de más de seiscientas mil almas, harían falta, según estándares de CONACULTA, por lo menos sesenta.
En días recientes, se ha declarado inoperante y perfectible la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, ¡claro!, ¿qué ley no lo es?
Pero bien poco se puede avanzar en el fomento a la lectura, si los libros han de enfrentar en los hechos, en el terreno de la vida cotidiana, a la hegemonía de las televisoras y su programación de “entretenimiento”, consistente básicamente en partidos de fútbol y telenovelas.
Por cierto, que sólo a éstas últimas -las telenovelas- las considera Epigmenio Ibarra como “factor de atraso“, “ariete para la deformación del gusto de los mexicanos“. Pero ¿qué decir, en el mismo sentido, del fanatismo cuasi-religioso y siempre irreflexivo que permea a amplios sectores de la población, por determinados equipos futbolísticos?
Y ¿no son acaso, también, pequeñas “ficciones”, a su manera, cada partido de futbol, cada gol, cada drible de un jugador, cada tiro de esquina y cada falta cometida? ¿No están esas nano-ficciones, potenciadas tanto por el zoom de las cámaras de las televisoras, la cámara lenta, el análisis de jugadas por computadora y el eterno recurso de la repetición ad nauseam, y el grito feroz de “gol”?
¿No se basa el fútbol en ficciones elementales, comunicadas en un lenguaje procaz y primitivo de carreras, patadas, jalones y cabezazos, algo que cualquier hijo de vecino entiende; de triunfos ficticios, que caducan cada temporada, para renovarse -siempre comercialmente- a la siguiente? ¿no es todo, este deporte de pantalla, sino ficciones sin palabras: el jugador “fenómeno” que será reemplazado por el otro jugador “fenómeno”, que será esencialmente igual que el primero: anónimo, ficticio y casi analfabeta en las entrevistas, incapaz de ordenar una secuencia vibrante de más de tres palabras; o, la llegada del balón al arco contrario, ese clímax arrobador del mexicano promedio con poco más que la secundaria, ese instante de gratificación siempre celebrable, tanto si se gana como si se pierde, el instante que se espera durante 45 o hasta 90 minutos (no más), con más ardor y ansias que una patria libre, justa y soberana a lo largo de todo un siglo; o el regreso de la paz, o el avance de la educación, o un poco de ciencia mexicana?
El fondo del asunto es un concepto: que las telenovelas son un “instrumento para educar” -y habría que agregar, consistentemente: que el fútbol es, entonces, la “puerta ancha de entrada a la filosofía”-, según decires del Secretario de Educación, Alonso Lujambio.
Por poco menos, en Argentina, hay quienes consideraron “desafortunado” que Mario Vargas Llosa figurara en el acto mismo de la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, denominada Capital Mundial del Libro en este 2011.
Y el grupo de intelectuales sudamericanos, que expresaron su desencanto por la presencia de Vargas Llosa, estuvo encabezado, ni más ni menos, que por Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional, que calificó de “faccioso” utilizar un evento cultural universal como dicha Feria, poniendo a la cabeza a un “autoritario mesiánico” de derecha, aunque, eso sí, también un “excelente escritor” de ficciones del realismo histórico-social.
En vivirmexico.com, hay una reflexión sobre este asunto, que mueve a pensar críticamente sobre la educación que padecemos en nuestro país.

Por eso, mejor apaguen el televisor y enciendan su mente leyendo un libro. Salvemos la industria editorial mexicana.

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