Sociedad del conocimiento o sociedad de la ignorancia

En México casi no leemos (se leen menos de 3 libros al año, en promedio), pero casi todo mundo ve la televisión.
Nuestro sistema educativo está basado en el uso de un libro -el libro de texto gratuito- del cual se adquieren miles de ejemplares y se utiliza lo mismo en la montaña que en la costa, en comunidades urbanas y rurales; ésto, mientras miles de bibliotecas públicas municipales siguen añejando sus acervos y atendiendo a usuarios en edad escolar, con colecciones que poco o nada reflejan las realidades cotidianas de los habitantes a los que supuestamente sirven.
En México ha avanzado en los últimos años, sí, la penetración de las nuevas tecnologías de la información en todos los ámbitos de la vida; pero a altos costos y a bajas velocidades, y aún no se garantiza el acceso de la mayoría de la población a las mismas, salvo la de más altos ingresos y nivel educativo.
La brecha digital y la brecha de capacidades ha creado un grupo reducido de info-ricos y una enorme, gigantesca, masa de info-pobres. Se destinan enormes recursos al pago de salarios de maestros y burocracia educativa, pero casi no hay recursos para dotar bibliotecas, laboratorios y centros de cómputo no sólo en las grandes ciudades, sino en las zonas rurales.
Ante este panorama, injusticias y abusos de todo tipo están a la orden del día: en el orden doméstico -violencia intrafamiliar, desamparo de adultos mayores, drogadicción, etc.- económico -desempleo, subempleo, explotación, retroceso en conquistas laborales que tardaron uno o dos siglos en alcanzarse, precariedad laboral- político -defraudación electoral, compra de votos, uso de recursos públicos con fines electorales, campañas masivas improvisadas para la promoción de una democracia representativa, honeroso funcionamiento de instituciones electorales, etc.- y cultural -escaso desarrollo educativo, baja productividad científica, escasa innovación científica y tecnológica, fuga de cerebros.
Es mucho lo que hay que hacer aún en todos los ámbitos de la vida nacional, especialmente en el terreno de la educación, si se considera que una población informada, educada y dotada con acceso a bienes culturales como las bibliotecas y las redes de información, y a través de éstos, capaz de aprovechar la cultura universal, debe ser capaz de identificar sus problemas, de agruparse, organizarse y resolver democráticamente sus problemas, descubriendo o en su caso inventando las soluciones, respondiendo de manera creativa a los retos de la crisis económica, de seguridad y moral que vivimos día con día.
México puede optar por el camino de la sociedad del conocimiento o seguirse hundiendo por el camino de la sociedad de la ignorancia, pero lo que no es posible es: pensar que no estamos eligiendo, día a día, alguna de esas dos opciones.
La primera alternativa conlleva participación, voluntad de cooperar, responsabilidad y sacrificios, sobre todo de parte de aquellos que hasta ahora se han beneficiado más de las condiciones ancestrales de explotación, injusticia y pobreza.
El segundo camino es el camino actual, el camino de la inercia, de cantar loas a los supuestos avances que no se ven por ningún lado, es el camino por el que se siguen repitiendo los mismos patrones institucionales, personales y colectivos de siempre: privilegiar el interés personal, por sobre el interés colectivo, anteponer el interés por el futbol a la preocupación por el funcionamiento de nuestra democracia, de los órganos que supuestamente deben procurar la justicia, de los sistemas educativo y de salud. Optar por la distracción y el entretenimiento, frente a la cruenta realidad laboral de millones de trabajadores con bajísimos salarios y mermado poder adquisitivo, en una situación de plena carestía e inflación, que no puede velarse ni con cifras oficiales.
Sobre todo en lo educativo, urge la participación de los padres de familia para asegurar la calidad y pertinencia de los contenidos educativos con que se forman sus hijos,  a ellos debería preocuparles de manera sobrada si realmente esos contenidos les serán útiles en 10 o 20 años, cuando ya estén incorporados de lleno en la vida económica, cultural y social del país
¿Podemos seguir hablando de México, como de una nación soberana e independiente, mientras nos abruma el número de analfabetas funcionales, que saben leer y escribir, pero no leen ni escriben?
Recientemente, a propósito de la enseñanza de la historia en la educación básica, se ha considerado el papel tradicional que juega ésta, como asignatura basada en la mera repetición y memorización de hechos y nombres y fechas sin significado.
Pero la historia como dato descarnado ¿qué es, de qué y a quién sirve? En cambio, consideremos la vivencia del presente como historia, y la reencarnación de las luchas y tropiezos del pasado en el momento actual -a través del museo, el documental, el cine o el teatro-, y como parte de la vida que corre: ¿cuántas lecciones de esfuerzo y altruísmo, de tenacidad y heroísmo puede darles a las nuevas generaciones? ¿Quién y cómo, nos enseña la historia, y a qué fines sirve esa forma de hacernos concientes de nuestro propio pasado? ¿A qué pasado podemos aspirar sin archivos debidamente organizados y con las magras colecciones de la mayoría de nuestras bibliotecas públicas y escolares -cuando las encontramos?
¿Cómo podemos los mexicanos ser concientes de nuestro pasado, si la historia está escrita en libros y éstos no forman parte de los objetos con los que convivimos diariamente?
¿Por qué no hay una red nacional de museos-bibliotecas, adonde objetos de nuestra historia antigua y reciente, así como documentos y sobre todo libros, puedan ser vistos, explorados o palpados por los niños y los jóvenes, para hacerlos concientes de su origen, más allá de lo singular, local y biológico, como parte del entramado de las vidas humanas en el nivel histórico y social?
¿Por qué negarles a las nuevas generaciones ese encuentro con sus orígenes?
¿Qué, no son acaso los pueblos que saben de dónde vienen, los que pueden estar mejor preparados para decidir adónde van?

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