Muchos estudiantes no van a estar felices con ésto

Sin embargo, en virtud de una educación más integral, que incluya el respeto al derecho de autor y la sana costumbre de dar el crédito, de no abusar del texto preparado con dificultad por otros, en fin, de poner en práctica las capacidades propias de las personas alfabetizadas informacionalmente, Approbo es una herramienta gratuita, cuyo registro no toma más de 3 minutos y que le permitirá a cualquier profesor interesado -ésto es lo importante- en saber de dónde y en qué proporción, un estudiante presenta como propio un texto que, previsiblemente ha sido armado a base del típico “copiar-pegar” o “copy-paste” de fuentes indistintas de Internet.

Approbo tiene una utilidad variada. Permite comparar el texto elaborado por el estudiante con la fuente más probablemente relacionada, independientemente del idioma. Permite saber el porcentaje de la “transcripción” o “copia” que hizo el estudiante, y permite conocer el documento fuente de donde se obtuvo presumiblemente el texto. Esta triple funcionalidad es todo un regalo navideño para los docentes universitarios que “no tienen tiempo” -¿y quién lo tiene?- para hacer revisiones exhaustivas de los trabajos académicos encomendados.

Para los investigadores, también resulta muy interesante conocer las fuentes probables de algún documento, y con estas dos vertientes de servicio, Approbo es un acierto total que seguramente verá crecer su base de usuarios de un modo impresionante en el tiempo venidero.

Felicidades a Citilab por esta aportación para hacer del mundo académico un lugar más transparente y para reducir el plagio.

P.D.: Una alternativa al empleo de Approbo es diseñar las actividades de investigación y búsqueda de información de tal manera que copiar y pegar no sea la estrategia más adecuada para cumplir con las mismas. La elaboración de productos como cuadros, tablas comparativas, mapas conceptuales y otro tipo de documentos, como ensayos, entrevistas, crónicas, etc., pueden ayudar a reducir el plagio, e incentivar más a los alumnos a buscar información y a procesarla de manera analítica y crítica.

Otra actividad posible para desatar procesos de autoaprendizaje e investigación autónoma, que por años ha estado al alcance de los profesores, pero para la cual deben tomar por aliados y cómplices a los bibliotecarios, son las “búsquedas del tesoro”.

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Bibliotecofília y medicina basada en evidencias.

“En la destrucción de la Biblioteca de Bagdad hubo más de un millón de libros asesinados, objetos antiquísimos sustraídos o destrozados, y mil intelectuales iraquíes ejecutados. Aquella fue la cena, opípara. Antes, había sido el tentempié: habían saqueado y quemado el Museo Arqueológico de Bagdad.” C. Castello

Todos los profesionales, en todas las áreas del conocimiento, debemos -o deberíamos- ser bibliotecófilos.

La jactancia, la autosuficiencia o el orgullo por las colecciones personales de libros,o el sentimiento de “¿qué me puede dar esa biblioteca, que camina a tientas?”, son actitudes propias de un ciego.

La bibliotecofília, o amor por las bibliotecas, tiene muchas formas de expresarse. Tal vez la más simple sea acudir a ellas. Acudir a buscar cualquier cosa, por el afán de descubrir algo, de estar en ellas. Los libros en las bibliotecas son puertas que, una vez abiertas, conducen a lugares y épocas que rara vez decepcionan. Es posible que algunos profesionales evitemos los libros porque, tal vez, nos hacen reflexionar en nuestros propios errores, nos hacen vernos desconocedores e ignorantes. Pero eso al bibliotecófilo le tiene sin más cuidado que el tamaño de la biblioteca, o de su acervo.

Puede ser la biblioteca municipal, ese lugar casi siempre cerrado, vacío y a oscuras, adonde nada invita a entrar, pero que el bibliotecófilo encuentra poco menos que subyugante. O puede ser la biblioteca “de la ciudad” (como si una biblioteca bastara en nuestros tiempos para servir información y documentos a todos los habitantes “de una ciudad”; si acaso, las bibliotecas “de la ciudad”, sirven a los estudiantes de los centros escolares más cercanos, o a aquellos cuyos padres pueden costearles el viaje desde la periferia hasta la biblioteca de la ciudad). Hay que decirlo: en las colonias hay iglesias, hay parques, hay comercios, hay cantinas, pero en México es raro que haya una biblioteca. Uno puede esperar décadas a que se abra una biblioteca de barrio o colonia, y lo más probable es que, de acuerdo con la forma en que se “administra” el presupuesto, jamás se abra una.

In extremis, el bibliotecófilo, a falta de bibliotecas, se volverá “librerófilo”, y encontrará fascinantes las cada vez más escasas librerías “de viejo” y por supuesto las nuevas, que también ya escasean.

Y es que la crisis también hace estragos entre los bibliotecófilos, porque pueden estar seguros de que las colecciones de las bibliotecas serán vandalizadas, de que no habrá presupuesto para restaurarlas ni mucho menos para ampliarlas y así, todos los tesoros editoriales que produce el intelecto humano de nuestro tiempo, quedarán vedados para ellos por un largo tiempo. En algunos casos, tal vez para siempre.

Así las cosas, decíamos que el bibliotecófilo experimenta que entra a través de la biblioteca a un nuevo mundo, siempre que se trata de una biblioteca desconocida: ¿qué libros raros o curiosos se hallarán en los estantes? ¿estará aquí, por casualidad, esa obra oscura que es referida en alguna de las letanías bibliográficas de Borges?

Visitar la biblioteca por visitarla, es -según parece- la forma más elemental de demostrar en los hechos ese “afecto”, ese amor, esa filiación por la biblioteca. Pero conforme madura la bibliotecofília, que es en el fondo una extensión de la bibliofilia, también crecen las maneras de expresarla.

Entonces se vuelve de interés el origen del acervo, y cada cuándo se actualiza, y quién decide qué secciones se actualizan -o no- de esa biblioteca en particular. Interesa que tenga computadoras y que cuente con acceso a Internet, e interesa que el bibliotecario esté preparado para dar servicios. Muchos bibliotecófilos se decepcionan de los bibliotecarios y algunos han de pensar que seguramente ellos serían, si estuvieran en ese lugar, mejores bibliotecarios.

Bibliotecarios bibliotecófilos: se conocen algunos, pero no abundan. Hay bibliotecarios eficientes y responsables, y son buenos, pero el bibliotecario bibliotecófilo es el que urge.

¿Y qué hay de la medicina basada en evidencias, que figura en el título de esta entrada?

Que los médicos bibliotecófilos deberían tener mucho interés en ella.

Tormentoso final de año

Parece que no amaina la tormenta de malas noticias para los mexicanos en lo económico, lo social y lo político -pero también, y desde luego éste es el tema que más nos interesa, en lo cultural y educativo-. Apenas ayer se difundió en la prensa nacional que ocupamos el lugar 107 de 108 en términos de lectura.

¿Cómo puede explicarse que un país como México, un país con, hasta hace poco, codiciables recursos energéticos que ahora ya -se dice- están agotándose; con inmensos litorales y recursos mineros -nos damos el lujo de dar concesiones para extracción de oro a empresas extranjeras enmedio de la peor crisis económica en siete decádas-, uno de los más ricos en biodiversidad a nivel planetario, con una inmensa riqueza histórica y cultural, un gigante emporio potencial turístico, esté en esa condición la de un país de iletrados?

¿Cómo es posible que -a pesar de todo eso- estemos entre los pueblos del mundo que menos leen? ¿Cómo se ha permitido que ocurra ésto?

¿Qué parte de responsabilidad tiene cada sector de la sociedad -empezando por el gubernamental, pero también el sector privado, los educadores, los medios de comunicación, las empresas y los grupos religiosos? ¿Alguien puede decirse ajeno a las causas de este indicador?

Tiene razón José Emilio Pacheco, cuando dice que experimenta una “sensación de irrealidad” en la entrega de los premios literarios y culturales a los que por su esfuerzo y obra se ha hecho merecedor, pues ¿cómo es posible que a pesar del abandono cultural en que está hundido el país, aún hay hombres y mujeres creadores y sabios -como él- que obtienen reconocimiento mundial?

¿Cuántos premios más no recibirían los hijos de este país, si hubiera un sistema educativo eficaz, que realmente impulsara el desarrollo integral de los mexicanos a lo largo de toda la vida? ¿Cuántos premios más no recibirían los estudiosos mexicanos si la búsqueda de la excelencia en ciencia y humanidades no estuviera motivada por la búsqueda del “estímulo” económico, de los fondos de apoyo al “desempeño” -desempeño académico que, como podemos ver, a la hora de las comparaciones internacionales, se traduce en casi nada…-, sino por la plena certidumbre de que cualquier aportación al conocimiento y a la preparación de los mexicanos es un factor de grandeza nacional, algo de lo que por cierto ya no se habla?

Y la escalada de precios que viene ¿a cuántos mexicanos impedirá terminar sus estudios, o siquiera empezarlos? ¿cuántas familias optarán por poner a sus hijos a trabajar, sólo para garantizar la subsistencia, sacándolos del nivel educativo en que se encuentren? ¿cómo impactará la inflación venidera las adquisiciones de recursos bibliográficos, de computadoras, de materiales para laboratorios? ¿acaso vamos a enseñar química con piedras, física con modelos de cartón, biología con estampas?

¿Cómo recompensa el actual sistema educativo al esfuerzo que realizan las familias para enviar a sus hijos a las escuelas? A nadie se le oculta el hecho de que gran parte de la educación en realidad la imparten los padres de familia, de sus propia mano y, para usar una expresión local pintoresca: “como Dios les da a entender”…

¿A qué entonces la élite de maestros-funcionarios que desde sus cubículos, cobrando sus grandes sueldos, planean y diseñan reformas que no reforman nada?

Lo dicen especialistas en Israel, en Europa y en Estados Unidos: en educación menos es más, pero nuestras autoridades educativas parece que no han entendido lo que esa frase significa. No significa que las escuelas puedan cumplir su función sin presupuesto, tampoco que pueda prescindirse de libros y de computadoras, no significa que los maestros puedan ver reducidos todavía más sus -ya de por sí erosionados- sueldos; lo que quieren decir es que es preferible abordar tres o cuatro temas y verlos con profundidad, con la mayor profundidad posible, desde todas las perspectivas, a lo largo del año, dando oportunidad a los alumnos para pensar y valorar, que atiborrar su mente con veintitantas materias a las que acuden en una suerte de turismo cultural.

Por ese camino, llegamos a la obesidad intelectual -que es también una forma de raquitismo intelectual-, un mal que nos impide discernir con claridad quiénes somos y cuál es nuestro papel como nación en el mundo. Por el camino de la sobrecarga informativa en planes y programas de estudio estamos apostando por la dependencia de aquellos pueblos que en lugar de poner a sus ciudadanos a repetir mecánicamente parrafadas de contenidos obsoletos, les enseñan los métodos y los procedimientos para problematizar, debatir, analizar, sintetizar y crear nuevos conocimientos.

Claro, crear nuevos conocimientos no puede hacerse si no hay libertad. Y de todos los derechos y afanes humanos, parece que es la libertad -la libertad de elegir, la libertad de pensar, la de participar- el que más temen los intereses creados en el México del siglo XXI. Todos somos responsables de ésto, pero hay quienes lo son más.