Una crítica a la sociedad de la información ¿en Molière?

Madelón y Cathos son, en la obra de teatro Las preciosas ridículas, de Molière, dos mujeres casaderas a las que va a sorprender y ridiculizar Mascarilla, en venganza por los desaires que han hecho sufrir a dos de sus pretendientes, amigos suyos.

Ambas damas, que tienen pretenciones de cultas, hablan con Mascarilla, el ingenioso charlatán -que es representando precisamente por Molière-, sobre relacionarse con la intelectualidad parisina:

Mascarilla – Soy yo quien os ha de servir en este punto mejor que nadie: todos ellos [se refiere a la intelectualidad de París] me visitan, y puedo decir que nunca me levanto sin media docena de ingenios a mi alrededor.
Madelón – ¡Ay, Dios mío! Os quedaremos agradecidas hasta el último agradecimiento si nos hacéis ese favor: porque, en fin, menester es hacer conocimiento de todos esos caballeros si una quiere pertenecer a la bella sociedad. Son esos señores los que dan movimiento a la reputación en Paris, y como sabéis hay alguno cuyo solo trato basta para daros fama de entendida, aunque no haya otra cosa más que eso. Más, en cuanto a mí, lo que particularmente aprecio es que, mediante esas visitas intelectuales, una se instruye en cien cosas que hay que saber obligatoriamente, y que corresponden a la esencia del ingenio. De ese modo se saben cada día las pequeñas noticias galantes, los bonitos intercambios de prosa y verso. Se sabe a punto fijo: “Fulano ha escrito la letra sobre tal melodía; éste ha hecho un madrigal sobre un goce; aquél a compuesto unas estancias sobre una infidelidad; el caballero Tal escribió ayer por la noche una décima a la señorita Cual, cuya respuesta le ha enviado ella esta mañana hacia las ocho; tal autor ha hecho tal proyecto; aquél está en la tercera parte de su novela; este otro entrega sus obras a las prensas”. Eso es lo que os hace valer en las reuniones y si se ignoran esas cosas, no daría un céntimo por todo el ingenio que pueda uno tener.
Cathos – En efecto, me parece que es pasar de ridículo que una persona se jacte de ingenio y no se entere hasta de la cuartetilla más insignificante que se hace cada día; y, por mi parte, sentiría toda la vergüenza del mundo si hubieran de venir a preguntarme si había visto algo nuevo que no hubiera visto.
Mascarilla – Verdad es que resulta vergonzoso no estar al tanto de las primicias de cuanto se hace; mas no os preocupéis: quiero fundar en vuestra casa una Academia de ingenios, y os prometo, que no se hará una pizca de verso en París que no sepáis de memoria antes que todos los demás. En cuanto a mí, tal como me veis, algo me esfuerzo en ello cuando quiero; y veréis correr de mi hechura, por las bellas alcobas de París, doscientas canciones, otros tantos sonetos, cuatrocientos epigramas y más de mil madrigales, sin contar los enigmas y retratos.
Madelón – Os confieso que estoy furiosamente por los retratos; no encuentro nada más galante.
Cathos – Y yo amo terriblemente los enigmas.
Mascarilla – Ejercitan el ingenio, y esta misma mañana he hecho cuatro que os ofreceré para que los adivinéis.”

Se trata, como es evidente, de una burla.

Hay que decir que al parecer, esa sátira irritó tanto a algunas de las damas de París que se vieron retratadas en la obra, que éstas hicieron destruir el teatro.

Tal vez hoy es posible ironizar con el mismo tono que lo hacia Molière hace trescientos cincuenta años, sobre lo que sucede en nuestra “sociedad de la información y el conocimiento”. Tal sociedad existe, sin duda alguna, como proyecto, como ideal, pero habrá para quienes ésta sociedad sea, ante todo, una mera profusión y acumulación de datos, informaciones o “cuartetillas” -como decía la Cathos de Molière-, información de la que “pasa de ridículo” no estar enterado… o el hecho de que la Internet expele, para entretenimiento o abrumación de todos, a velocidades de vértigo, volúmenes inhumanos de información, o hasta quien considere que el mayor mérito de ésta sociedad, sean tan sólo la inmediatez y la ubicuidad de la información -aunque no su calidad.

Mas ¿ésto es conocimiento? O ¿nos aplican a todos nosotros los versos de T.S. Elliot que dicen: “¿Dónde está la sabiduría que perdimos en el conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que perdimos en la información?”?

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2 comentarios en “Una crítica a la sociedad de la información ¿en Molière?

  1. Estoy de acuerdo. En ese sentido, creo que la universidad -y la educación en general- ha fallado en dar conocimiento y se ha limitado a impartir información. Es más, para admitir alumnos en la unversidad lo único que se hace es poner un examen que pone a prueba, a lo más, la capacidad de retentiva del alumno, pero no su capacidad de relación o razonamiento; filtro francamente deficiente, pues llega gente a las licenciaturas sin saber la diferencia entre sujeto y predicado, y se queda fuera gente en verdad valiosa. Ya la educación no se imparte como un modo de comprender el mundo, sino como un cúmulo de datos a memorizar, con la esperanza de que una vez obtenido el título te puedas olvidar de todo ello.
    El otro día salió un artículo en el periódico de la universidad donde se hablaba de las carreras del futuro, las cuales eran puras carreras técnicas (al diablo con su status de licenciatura), pues estaban enfocadas en la creación de empleos. ¿Cuándo, dónde perdimos el camino en la adquisición de sabiduría-conocimiento-información?
    Creo que fue cuando empezamos a educar para el trabajo, en lugar de educar para la vida.

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